martes, 10 de mayo de 2011

Crónica de una muerte anunciada

Hoy por la mañana me he sentido Julio Maldonado. Y es que sin venir a cuento me he repasado unos cuantos vídeos de fútbol de los dos últimos años en nuestra Liga. Sinceramente creo que después de los 4 derbys de mierda que nos hemos chupado media España en menos de un mes, los aficionados al buen fútbol hemos conseguido vacunarnos sin tener que ir al centro de salud. Una vacuna que pensaba que era más propia de países como Argentina e Italia. Poco a poco y según se acercaba el final de la Liga, muchos equipos y también aficiones, se han contagiado del "todo vale" que ahora mismo reina en nuestro fútbol. La lucha por la salvación en primera, instauró una nueva moda en algunos campos como el Sánchez Pizjuan, El Reyno de Navarra o La Romareda entre otros. Y es que el miedo al descenso nos vuelve locos y acabamos perdiendo el norte, agarrándonos a los minutos e incluso entorpeciendo el buen juego del rival. Por eso se decide que la mejor solución para detener el encuentro, y por lo tanto perder tiempo, es el lanzamiento de balones al terreno de juego. Para mí, y lo digo alto y claro: LAMENTABLE.

Pero aquí pocos se salvan, porque la lucha por la Liga, la Copa y la Champions, nos ha dejado buenas perlas. Una semifinal de Champions en la que el buen juego ha brillado por su ausencia, en la que Mourinho, con el afán de protagonismo que le caracteriza, ha calentado la Liga desde las ruedas de prensa. Unas semis en las que Busquets nos ha dejado con la boca abierta tras caer sin que nadie le tocase, un Pepe que tendría que jugar con correa o estar en la cárcel desde hace tiempo, un Chendo, un Pinto, un Manolito impresentable y un largo etcétera que me hizo sentir vergüenza ajena. Mi ilusión era y es, que ninguno de los dos equipos ganasen la Champions, y lo digo por el bien del fútbol. Porque ya está bien de tanta tontería. Que me tocas, que no me tocas, que me dices, que no me dices, que jugamos con uno menos o con uno más... Todo esto, en muchas ocasiones aliñado por la prensa, donde los perio-listos deportivos parece que no saben hacer otra cosa que desinformar porque ya que Júpiter y Venus se han cruzado para que estos tíos se crucen 4 veces en un mes, vamos a sacar tajada como sea. Y el Marca entre otros, regaló la vacuna del antifútbol sólo por un euro que costaba el periódico.  Y claro, yo cometí el error de comprarlo, pero el mayor error fue leerlo. Lo que tienen las vacunas de hoy en día, es que apenas duele el pinchazo, pero se me olvidó leer la letra pequeña, y es que todas las vacunas pueden dejar secuelas. Por eso estaba viendo el sábado el partido del Athletic-Levante y me extrañaba que nadie se tirara al suelo, que no acorralasen al árbitro o increpasen al línea, que se metieran más de dos goles y que se pelease un balón al borde del área con uñas y dientes. Fue un partidazo, donde el Athletic empezó ganando 3-0 y al final el Levante se metió en el partido marcando dos goles que hizo que los leones terminasen pidiendo la hora. Todo limpio, alguna falta, alguna entrada subida de tono, pero esto es fútbol.

Poco a poco, y con el paso de los días, los anticuerpos de la vacuna van desapareciendo. He estado repasando algunos de los himnos de los clubes españoles, y en casi todos se nombra la nobleza, el orgullo y el valor. En castellano, en catalán o en euskera, son valores que para mí tienen que estar presentes en el deporte. Parece ser que últimamente se han perdido, que el fútbol se ha convertido en un espectáculo en el que 22 jugadores deben conseguir 3 puntos usando todas las armas. Y lo peor de todo, miles de personas que están en la grada, son incapaces de castigar este comportamiento. A mí que no me engañen, las luchas de gladiadores en el Coliseo romano eran más justas que lo que sucede ahora en un terreno de juego. Ojala fuera el César el que ahora decidiera quién debe ser castigado y quién por lo contrario debe seguir peleando con vida. Muerte al teatro, a los farsantes, a los comediantes y a los tramposos. Larga vida al fútbol, al deporte, y a los valores que se han perdido.