jueves, 16 de mayo de 2013

El viaje que vivimos peligrosamente juntos

El viaje a California me ha hecho mucha pupa... Ahora solo quiero vivir en una cabaña de madera en la orilla de Santa Mónica, ir al trabajo en longboard, y tener una novia rubia que trabaje en una hamburguesería para recogerla cada noche en mi buga de 3 metros de eslora, irnos a jugar al billar y hacer el amor cerca de una fogata mientras mis colegas surfean y tocan la guitarra!

Cuánto bien ha hecho el cine sin embargo. Las míticas escenas de "El gran Miércoles", "Tiburón" y "The Endless Summer", entre otras, demuestran la jodida realidad americana, y después de estas dos semanas, la realidad que me fliparía vivir para siempre. Sol, buen rollo, amigos de verdad y buenas olas que siempre terminaban con una hamburguesa XL con papas y cerveza! Así ha sido el mejor viaje de mi vida, un trip de 13 días con Cucho, Zaba, Sonseca y Juan, que marcarán mi existencia como a.c.(antes de California) y d.c.(después de California)

Todo empezó en el mismo sitio que acabó, en la terminal 1 del aeropuerto de SFO. Yo llegaba de Mexico, Juan llevaba un par de días recorriendo San Francisco en solitario, y Cucho y el Tren llegaban desde Madrid. Verlos salir por el cartel de "arrivals" después de 3 meses sin verles me trajo una sonrisa en la cara que no me la quité hasta que nos fuimos. Desde ese momento todo han sido mofadas, cachondeo y un buen rollo acojonante. Joder, había mucho que contarnos!! y de camino a Stanford, donde nos esperaba Zaba, nos quitábamos las palabras entre todos. Stanford fue la polla, un sitio habilitado para mejorar tu rendimiento académico a cualquier hora y cualquier día del año. Así lo primero que hicimos fue abrirnos unas birras en el jardín con Zaba, ponernos al día e intentar planificar el resto de la semana, algo que fue demasiado jodido a partir del tercer trago... A la mañana siguiente,  antes de desayunar, hicimos los deberes. Salir a trotar por el jodido campus más grande de los States. Pero todo quedó en propósito. En la segunda colina empezaron las bajas, y terminamos haciéndonos fotos y vídeos sin camiseta en la cima de Sillicon Valley.

En un Chevy Cruze metalizado y con Jhonny Cash tocándose algo, nos metimos en la Highway 1 rumbo a Santa Cruz, el comienzo de una semana por la costa californiana que terminaría de nuevo el viernes esperando a Zaba en Los Angeles. La primera noche dormimos en un motel de carretera al borde la playa, cerca de San Simeon, donde empezaron muy en serio nuestras "Crónicas Carnívoras". No hay viaje a los States sin una hamburger diaria de 250 calorías, que cae al vacío del estómago terminando en un grano de acné con cabeza blanca. Asquerosamente buena y grande. Recomiendo pedir "animal style" en cualquier fast food que se precie.

Al día siguiente nos tocaba quemar esa grasaza de res, y ya que las olas y el día acompañaban, nos paramos en Pismo, un pueblito de costa donde se respira parafina y salitre. Para mí fue uno de los mejores días del viaje, porque alquilamos todos una tabla y nos metimos al agua. Por supuesto después de una buena Cheeseburger con peaje en el baño de la hamburguesería "Splash", un garito de playa con un menú y unas camareras fucking awesome!! A la media hora el Tren se hostió de cabeza en la arena, Juancho con la muñeca inflamada, y Cucho y yo en el agua esperando una foto de los dos subidos en la misma tabla. Un gran día imposible de olvidar, sobre todo porque el Tren entabló conversación con un surfer de 60 años que le regaló un canuto de marihuana del tamaño de un habano. Aquella noche sobamos en Santa Barbara, donde no pudimos estar mucho tiempo porque queríamos adentrarnos en Malibu y Santa Mónica antes de la hora de comer. Para entonces Cucho y yo ya teníamos la botella de Jack Daniels en el maletero, y las veladas de tertulia escuchando las olas tenían un sabor Tenesse alucinante!

El jueves empezó la rutilla de las playas, para mí, la joya de la corona del Big Sur! Malibú, Santa Mónica y Venice Beach. Ver la playa de Santa Mónica en directo fue como cumplir un sueño de mi infancia. Yo crecí con Pamela Anderson corriendo a cámara lenta por la playa de Santa Mónica, y estar allí me producía una especie de erección difícil de explicar, me imagino que como las que tenía a los 7 años... Sin duda alguna, ese jueves fue uno de los días más felices de mi vida!!

Para poner la guinda al pastel, recorrimos Venice Beach en bicicleta para disfrutar del cóctel cultural que ese trocito de playa te regala. Skate Parks, tiendas de tatoos, puestecitos de hierba y música en directo, es lo que hace que Venice tenga un carisma especial. Sin pensarlo mucho nos pillamos unas birras y vimos el atardecer desde la orilla escuchando reggie, viendo romper las olas y dejándonos emborrachar por la felicidad del momento.

Después del chilling llegaba la jodienda de intentar entrar en L.A a las 9 de la noche. El tráfico y los atascazos para llegar a Hollywood nos daban un margen cojonudo para buscar un hotel barato, ya que en los States hacer el checkin a partir de las 8 de la tarde tiene premio en forma de descuento. Tuvimos suerte y encontramos un hotel con piscina en pleno Sunset Boulevard, donde nos quedamos dos noches para esperar a Zaba y sus colegas. Al día siguiente rutita por Beverly Hills, paseo de las estrellas, bien de fotacas y a la piscina a terminar con una caja de 24 cervezas. Todo iba a pedir de boca hasta que uno de los retretes se embozó y la mierda y el pis terminaron cayendo por el techo de recepción. Al principio pensamos que las hamburguesas tenían la culpa, pero a la mañana siguiente comprobamos que era un fallo técnico de las instalaciones del hotel, cuando embozamos por segunda vez el baño de otra habitación... Focking spaniers!! jajajajaj

De allí partimos a Vegas en expedición con un Toyota descapotable. Estuvimos 24 horas de locura que empezaron en una "pool party", perdimos todo lo que apostamos y nos dejamos seducir por el nightlife de la ciudad de la locura. Sigo flipando con lo que se puede hacer en medio del desierto de Nevada! El hotel Venetian por cierto, top top. Todo para el turista, su consumo y su felicidad efímera que termina cuando tu tarjeta de crédito es denegada. Hamburguesa e ibuprofeno para desayunar y carretera y manta para dirigirnos al Grand Canyon. De camino hicimos noche en un motel de carretera del área 52, con fenómenos paranormales incluídos. "Ghost walk" era lo que ponía en la puerta del motel, donde nadie nos recibió hasta bien pasada la medianoche.

Dicen que en el Gran Canyon llueve entre una y cero veces al año, pero como íbamos con Sonseca nos tuvo que tocar a nosotros. Alquilamos una avioneta de 7 plazas para hacer la ruta del Cañón desde el aire. Cucho no abrió la boca desde el momento en que la reservamos hasta que volvimos a tocar tierra. El aeroplano se movía como si fuese de papel y la altura cuando se metía en los desfiladeros daba a entender que la hostia si caíamos era muy gorda, pero mereció la pena. Para mí ha sido una de las experiencias más acojonantes de mi vida. 30 minutos sobrevolando una de las 7 maravillas de la naturaleza aunque estuviese un pelín nublado y con rachas de viento, es algo irrepetible. Con los huevos aún de corbata dejamos el estado de Nevada, para meternos entre pecho y espalda 10 horas de carretera hasta Yosemite, el parque natural más grande de California. Si pensábamos que lo más guapo que habíamos visto era el Gran Cañón, estábamos bastante equivocados. Qué locura de parque. Qué paisajes!!! En un día y medio recorrimos casi todo. Secuoyas milenarias, cascadas de vértigo, lagos cristalinos, la pared del Capitán, y lo más jefe de todo, el Camp4, donde pasamos la noche en una cabaña a la orilla del río, rodeados de osos, quemando nubes y comiendo salchichas en una hoguera con un frío que te cagas. Esa noche empezamos a tener la sensación de que el viaje se estaba terminando y recuerdo esos momentos como un sueño increíble que no quería que terminase. Pura felicidad. Estar con tus amigos en pleno bosque contando batallitas a la luz del fuego es algo que quedará para siempre en mi memoria.

Al día siguiente llegamos a media tarde a la ciudad de SFO, donde mi prima Cris y su novio Rober viven desde hace un año y nos esperaban en su chiringuito de la calle Fillmore. Una ciudad IM-PRE-SIO-NAN-TE donde hasta los mendigos tienen flow... Me moría de ganas de ver a mi prima, y además disfrutamos de un día entero turisteando con Rober que terminó en una discoteca del barrio de Castro, la zona gay, donde los camareros agradecían tus tips con un pellizquito en el pezón desde el otro lado de la barra. San Francisco tiene un algo que me pone bastante. No sé si es su decadencia, su variedad cultural o que simplemente íbamos con el subidón de que era el final del viaje, pero a mí me pareció un sitio increíble para vivir. En concreto flipamos mucho con la zona de Haight y Ashbury, donde comenzó la revolución del movimiento Hippie y los gays por fin tuvieron voz y voto en Estados Unidos gracias a Harvy Milk.

Pero el viaje no podía terminar sin una "Spanish party" en la prestigiosa universidad de Stanford, donde Zaba nos esperaba con sus colegas del Master para cenar y tomar unos copazos en el campus. Aquello fue increíble, una noche mágica. Era el final, el viaje terminaba, y queríamos aprovechar hasta el último minuto con nuestro gran Zaba. Por eso le regalamos uno de nuestros mejores "performance" del viaje. Todos terminamos con un New York, New York (algunos ya sabéis de lo que estoy hablando), e incluso nos permitimos el lujo de improvisar la letra en un piano de "cola". Estoy seguro de que ninguno de los presentes olvidarán aquella gran noche. Sin ninguna duda la gran nota final de una melodía alucinante que duró dos semanas y que tuvo como intérpretes a 5 amigos que jamás olvidarán California, sus playas, sus ciudades, sus bares y las personas que hemos conocido por el camino. GOD BLESS AMERICA!





lunes, 13 de mayo de 2013

Rolling Mexico!

El 25 de febrero, recién llegado de las canarias, donde pasé un mes increíble, embarcaba en el aeropuerto de Barajas rumbo a Mexico DF, donde me esperaba mi gran colega Eneko, que me dejó instalarme en su chiringuito durante una semana. El Defectuoso me dejó acojonado desde el momento en que pisé la calle. Caos, contaminación y desorden. Pero eso no me impidió moverme libremente por sus calles y alrededores. Por el día comía suculentos bocados que ofrecían en todos los puestos callejeros, y por la noche bebía con Eneko y sus colegas lo que el cuerpo me pedía. Así terminó una semana en la que me acompañó "La venganza de Moctezuma" allá donde iba. El retrete fue mi fiel compañero durante 10 días, y en esas estupendas condiciones fue como aterricé en Guadalajara, en casa de mi amiga Tere, que me recibió con los brazos abiertos durante 3 increíbles semanas visitando la región de Jalisco. Bien de tekilas, tacos, margaritas y mariachis. Un lugar inolvidable donde he compartido unos momentos impresionantes con una amiga excepcional. Allí conocí también a Rober, con el que he compartido botellas, resacas y madrugadas increíbles en la discoteca de "Las Américas", un lugar muy tóxico y altamente recomendable para los que visiten la ciudad!



Pero mi aventura no había hecho más que empezar. Recuerdo el día que me hacía la maleta para marcharme un mes a conocer el país en solitario. Una mezcla de ilusión y acojone. En mi vida me había pirado más de 10 días solo a ninguna parte, y Mexico era el país perfecto para hacerlo. Cogí la mochila, un mapa, unos cuantos pesos y bien de antimosquitos y tiré para la selva de Chiapas, donde tuve la suerte de dormir en una cabaña en el corazón de la jungla, donde los monos aulladores te daban los buenos días desde la copa de los árboles. Ruinas, naturaleza pura y ambientazo en San Cristobal acompañado de Alberto, Alex y Ander, unos colegas de Eneko que conocí durante mi estancia en DF.


Después de 3 días en Palenque, la diarrea volvió a acompañarme durante un viaje de bus de 17 horas hasta Puerto Escondido, meca del surfing en Latinoamérica. Increíble, acojonante, una pasada como rompe Zicatela! Justo cuando llegué entró un buen swell y los bombazos de 3 metros al borde de la orilla me pusieron la piel de gallina. Al día siguiente por fin me subí a una tabla. Era en la playa de Carrizalillo, donde perdí mi bañador y tuve que surfear todo el día con bermudas y camiseta, al más puro estilo old school! Qué baño más divertido! un spot precioso a pocos kilómetros de Zicatela, que rompe en una bahía rocosa alucinante. Esa noche me tocó dormir en una cabaña con compañía. Un escorpión del tamaño de un puño que me los puso de corbata cuando iba a sacar el neceser de la mochila. Menudo bicho, aunque era blanco, y creo que esos son inofensivos... A la mañana siguiente no tenía ni idea de hacia donde tirar, pero por suerte me encontré con Óscar Moncada, un pro a nivel nacional residente en Puerto Escondido. Me hice una foto con él y de paso le pedí consejo de a dónde moverme. Me dijo que no me lo pensara y que a unas horas de allí estaba "Barra de la Cruz" un pueblecito surfero con una derecha increíble! Pero no fue tan fácil llegar hasta allí. El camión me dejó en Huatulco, un lugar de visita para turistas americanos, donde por menos de 800 euros a la semana no tienes donde caerte muerto. Pero conocí en el pueblo a un taxista que me llevó por 200 pesos bien negociados directo a Barra de la Cruz. Para mí uno de los sitios más carismáticos que he estado nunca. Un pueblecito con 5 casas y un surfcamp. Sin internet ni cobertura para el teléfono. Tan solo una reserva natural que tienes que atravesar andando durante 20 minutos para llegar por fin a la playa. Un paraíso virgen de agua cristalina donde rompe una derechita idílica. Allí me quedé una semana, en casa de una familia que me alquilaba una habitación por 6 dólares diarios. El hijo de la familia trabajaba en la única pizzería del pueblo, y junto con 4 californianos que también se alojaban allí, nos llevó en un jeep a conocer los mejores spots secretos de la zona. Nunca he surfeado una ola tan larga como la de San Diego! Cebadísimo! Me dió bastante pena irme de ese lugar, tenía un encanto especial, pero me habían hablado de La Laguna de Chacahua como una maravilla del país que no podía perderme.


De nuevo volví un par de días a Puerto Escondido, a surfear en La Punta, donde me alojé en unas cabañas llamadas "Buena Onda" súper recomendables. Ambientazo de día y de noche para todos los mochileros que quieran dormir al borde de la playa! Y los dueños, una italiana, Simona, y un francés, Pier, son los mejores anfitriones que he conocido! Dos días después, por fin, comencé mi expedición a Chacahua! Llegar allí es una jodida aventura de medio día. Tuve que subirme a una furgoneta durante una hora compartiendo trayecto y gasolina con 6 personas. Después me subí a una pick-up en la parte del maletero durante otra hora por la carretera, y cuando por fin llegas a Zapotalito, tienes que cruzar la laguna  en una lancha motora hasta la otra orilla, donde te espera una furgo combinada que por un camino de cabras te adentra por fin en Chacahua, paraíso terrenal. No concibo que nadie vaya a Mexico sin visitar este pueblo. No hay nada, excepto un faro con las mejores puestas de sol de Mexico, dos palapas para comer pescado fresco y unas cuantas cabañas con hamacas donde puedes quedarte a dormir por 3 duros, literal. Allí, para mi decepción no pude surfear ni un solo día. Las olas eran gigantes y la corriente te arrastraba kilómetros... Pero me la gocé bastante conociendo mucha gente. Con algunos  había coincidido por casualidad en otros pueblos, y con otros compartí momentos inolvidables. Como con Marie y Julie, dos francesas que conocí en una puesta de sol desde el faro, y con las que alquilamos una canoa por la noche para que un pescador local nos enseñase desde la Laguna el fenómeno de la fosforescencia. Hasta el momento era lo más heavy que había hecho nunca. Bañarnos de noche en una laguna repleta de cocodrilos para ver como brillaba nuestro cuerpo debajo del agua fue la hostia. Por lo visto es un acontecimiento que solo se da algunos meses al año y en noches muy oscuras. Nosotros tuvimos la suerte de hacerlo, y esa imagen no se me borrará en toda la vida!


Después de una semana bebiendo agua de coco, viendo puestas de sol y leyendo una novela tirado en una hamaca, tocaba seguir la ruta hacia el interior del país. Dejé Chacahua a 40 grados para llegar a la Sierra Mexicana con un frío de tres pares de pelotas. Cambié el bañador por el forro polar, y así me adentré en San José del Pacífico, un lugar internacionalmente conocido por la variedad de hongos alucinógenos que se cultivan en la zona. Me quedé a dormir una noche en una comunidad hippie, donde apenas pude mantener una conversación con nadie más de 15 segundos, porque cada uno llevaba su viaje. De todos los colores, razas y procedencias. Unos 20 jóvenes llevaban viviendo meses en una casa al borde de una colina en medio de la nada. Enanos de jardín, setas de porcelana y un huerto, era lo único que había en ese lugar perdido en la sierra Oaxaqueña. Eso sí, muy buen rollito para todos. Me dejaron dormir gratis y me invitaron a cenar unos purés de verduras muy raros pero que estaban cojonudos. No quise preguntar lo que llevaban...  Dormí en el sofá con un gato y un tipo que andaba bastante colocado y estuvo toda la noche en vela jugando a la ajedrez enfrente de mí. Curioso lugar, muy auténtico!


Mi última semana de viaje la dediqué a conocer la ciudad de Oaxaca, capital de la región, y Puebla. En Oaxaca andaba más perdido que un bastardo en el día del padre, así que decidí hacer el paquito y subirme a uno de esos tours organizados de todo el día, donde nos enseñaron la fábrica de Mezcal, las aguas termales de Yerbelagua y unas ruinas aztecas. Fue más interesante de lo que pensaba, sobre todo cuando unas cuarentonas solteras se engancharon un pedo divertidísimo en la fábrica de Mezcal y empezaron a tirar los trastos a todo el que se movía! Reconozco que lloré de risa!! Al día siguiente me moví para Puebla, sobre todo atraído por el volcán activo de Popotaquepecl, a unos kilómetro de la ciudad. Llegué al lugar habitable más cercano al cráter para intentar subir unos metros por lo menos. Me sorprendió que el pueblo estaba lleno de carteles de evacuación porque la noche anterior se habían sentido temblores y se alcanzaban a ver fumarolas desde su base. Ni Dios parecía preocuparse, es más, me dijeron que por unos cuantos pesos me llevaban hasta la cima! jajajajaja!


Y finalmente terminó mi viaje en DF de nuevo, en casa de Eneko, pero esta vez sin un puto duro, ya que lo poco que me quedaba lo guardaba en un cajón para el viaje a los States con mis amigos en unos días. Pero eso es otra historia que merece un post largo y emocionante. El mejor viaje de mi vida, California bro, the focking paradise!!!