domingo, 27 de julio de 2014

Chacahua

Recuerdo Chacahua como un lugar donde lo único que pasaba eran los días. Una cabaña, un faro en lo alto de la isla, una playa kilométrica y una derecha que bombeaba día y noche consiguiendo que la única preocupación de los que estábamos allí era poner parafina a nuestras tablas. Por no haber, no había ni cobertura. Así pasaban los días en esa pequeña bahía del Pacífico mexicano. Sus gentes y sus familias de pescadores, poco acostumbrados a recibir turistas, regalaban una sonrisa a todos los surfistas que después de un día de viaje a través de autobuses, camiones y lanchas conseguían llegar a la Laguna. En la pequeña tiendita de la aldea solo vendían lo necesario para estar allí. Cervezas, comida, crema de sol resistente al agua y tabaco. No había televisiones, ni ordenadores ni cajeros automáticos. Chacahua era lo más parecido al fin del mundo. Pero lleno de paz.

Allí pasé una semana de mi viaje en solitario por Mexico. Un lugar donde el reloj era completamente innecesario. Me levantaba cuando el sol se colaba a través de las paredes de paja de la cabaña, y me acercaba hasta la orilla a ver si había olas. Todavía amaneciendo cogía la tabla y me metía al agua. Dos horitas de placer y a desayunar. En una palapa, la dueña cocinaba hamburguesas de gambas y hacía un café oscuro que te cargaba las pilas de nuevo. No necesitabas mucho más. Una hamaca y un buen libro, que me dejó prestado Catalina. Ella era una anciana de origen andaluz que llevaba 27 años echando las cartas y trabajando en la radio local. Era su playa del Karma. Según me dijo, todos tenemos un lugar del karma en donde terminar viviendo para alcanzar la plena felicidad. Todo era muy curioso porque la convivencia y la armonía era increíble. Los surfistas que conocí, de muchas nacionalidades, llegaban allí por la famosa derecha, y se quedaban días e incluso meses por el carisma de su gente. Todo iba muy muy despacio. Los días eran largos y las noches cortísimas. No pasaba absolutamente nada. Simplemente el tiempo y las olas que veías romper desde la orilla sentado con una birra y un colega. No necesitabas mucho dinero. Tan solo lo justo para pagar los 6 euros a la semana de la cabaña y la gasolina de algún pescador que te llevaba a bordo para conseguir la cena. Todo fácil. Surf, cervezas y barbacoas. Allí conocí a Steven, un neozelandés que llevaba un año viajando con su tabla por todo latinoamérica y sudamérica. Con él y una pareja de suizos pasé casi todas las veladas haciendo hogueras con hojas de palma. Sobraban demasiadas cosas que ahora las considero imprescindibles en el día a día. La sensación de sentirte útil desaparecía en ese lado del pacífico. ¿Qué más da? A quién le importa sentirse útil, necesario o imprescindible aquí? Todo funcionaba como una especie de comunidad, donde tú me das leña, yo te doy gambas y tú me dejas la camioneta para traer más cervezas de la ciudad más cercana. Aquello era increíble. Vivir, simplemente. Bombear sangre. Recuerdo esos días posiblemente como los mejores de mi viaje. No está mal estar aislado de vez en cuando y sentir como los problemas desaparecen, el tiempo se desvanece y lo único necesario en tu vida lo tienes delante de tus ojos. Muchas veces, cuando algún problema me quita el sueño en Barcelona, pienso en ese viaje, y en ese lugar en concreto, porque me ayuda a simplificar. A poner los pies en la tierra. Es una especie de terapia personal que me sirve para volver a reconocer lo realmente importante en la vida. No hay problema que no tenga solución. Todo con el tiempo se ve más claro y mejor. Y sino, siempre habrá tiempo para comprar un billete de avión y quedarse una temporada en Chacahua. Para vivir, literalmente.