miércoles, 18 de marzo de 2026

El legado de la abuela

 El pasado 7 de marzo despedimos a mi abuela en la parroquia de Santa Engracia, una iglesia a la que sólo he acudido en los últimos años para decir adiós, aunque de formas muy diferentes.

Desde 2023 convivo con una especie de paranoia que me persigue cada vez que me despido de alguien; ¿será la última vez? y si es así, ¿le doy un abrazo más largo, un beso más cariñoso o un te quiero más sincero? Durante más de 3 años he ido combinando "últimas veces" de muchas cosas con "primeras veces" de prácticamente todo lo que hace mi hija todo el rato. Una dualidad que es ley de vida, naturaleza, fugacidad. Lo que nace y crece frente a lo que se va y desaparece dejando lo más valioso que existe: los recuerdos.

Con la muerte de mi abuela se quedan cientos de recuerdos imposibles de olvidar. Historias que han sellado las costuras de lo que hoy es mi familia. Una familia capaz de ver la belleza en las heridas y entender que por mucho que duela, la muerte forma parte de la vida. 


7 de Marzo de 2026

Querida abuela,

Hoy nos hemos juntado toda la gente que te quiere para darte el último adiós. Un adiós acompañado de un gracias, que sin duda es la mejor forma de despedirte.

Gracias por haber formado junto al abuelo la familia que somos hoy. Una familia que crece más unida que nunca como un árbol que extiende sus ramas pero se mantiene firme en sus raíces. Sólidas, consistentes y capaces de sujetarnos a todos cuando ahí afuera todo se tambalea. 

Gracias por ser casa. Por enseñarnos a compartir tiempo juntos bajo un mismo techo. Un techo que bien podía estar en vuestra casa de Leon XIII, en Biescas o en cualquiera de los rincones que recorrimos juntos en aquellos veranos de nuestra niñez. 

Gracias por ser abuela. Un título que como siempre decíais, es el mejor regalo que os han podido hacer. 7 nietas y un nieto que te admiran y te quieren con todo su corazón. Algunos estamos aquí presentes, otros desde la distancia, pero todos recordándote y pensando que desde ahí arriba junto con el abuelo, Inés, Tomás y Quique, estaréis cuidándonos para que las raíces de este árbol que un día plantasteis sigan siendo más fuertes que nunca.

Gracias por todo abuela. Siempre  te recordaremos.

martes, 3 de febrero de 2026

Mallorca 211


Escribo este post para cuando vengan a buscarme los recuerdos de mis últimos 5 años en el piso de Calle Mallorca con Enrique Granados. Un lugar en el que caímos por casualidad y que hicimos nuestro desde el primer día. Entre estas paredes he vivido lo mejor y lo peor de mi vida. Días de mucha luz y noches de mucha oscuridad. Casi 60 meses difíciles de resumir en unas líneas pero con momentos épicos que siempre quedarán en mi memoria.

Los primeros destellos de libertad después de la pandemia, cuando se terminó el toque de queda, se abrió el confinamiento perimetral y nos quitamos las mascarillas para confirmar que efectivamente, de cerca nadie es normal.

Los martes comiendo de tupper con Cucho para convencernos de que a pesar de vivir lejos de nuestra ciudad, estábamos en el lado correcto de la vida.

El año que convertí mi empresa en un estudio global con clientes fuera de España y de Europa, las noches en vela preparando briefings y las reuniones a horas raras por culpa del huso horario. La sensación de ir a toda velocidad y no importarte dónde está el freno de mano.

 Las visitas de grandes amigos, pero especialmente las de Goyo y Monri, que empezaban los jueves con cervezas y terminaban los domingos con gintonic. Imposible olvidar la de mi despedida de soltero, cuando me metieron en un coche rumbo a ninguna parte y me devolvieron en un tren hecho un muñeco de trapo. 

 El día en el que decidí que quería ser profesor sin haber dado una clase en mi vida y el día de mi primera entrevista en el Clot casi un año después. Comenzar impartiendo FOL 6 horas a la semana, seguir como profesor de marketing y publicidad a jornada completa y aceptar la propuesta como jefe de departamento 3 años después a pesar de seguir considerándome un impostor.

 El año 2023. De principio a fin. El accidente, los funerales, los viajes eternos a Zaragoza, las cajas de orfidal en la mesilla de noche y el pánico repentino a meterme en espacios cerrados. El año en el que el miedo empezó a formar parte de nuestras vidas y cómo poco a poco me hice fuerte en el dolor.

La tarde de octubre que fui a comprar el anillo de compromiso para Carla, la carta que le escribí desde mi despacho a la vuelta de un viaje con amigos y cómo volví a casa corriendo por Paseo de Gracia como si acabase de atracar Tiffany's.

El día que supimos que Carla estaba embarazada, los nueve meses de ilusión compartida y la madrugada de aquel 15 de diciembre cuando cerramos la puerta de casa sabiendo que volveríamos a abrirla siendo una más en la familia. 

Los primeros pasitos de Camila por el pasillo y cómo mi hija me ha hecho volver a vivir “las primeras veces” de todo.

Los meses con Laura y Parri como roommates cuando volvimos de Tanzania. Las visitas de mis amigos, mi familia y toda la gente que ha construido gran parte de nuestros recuerdos en esta casa. 

Un día leí que la juventud es conquistar lo nuevo, la madurez alargar lo bueno y la vejez recordar todo lo anterior. Hoy, con cuarenta años casi recién estrenados, abro la puerta de una nueva etapa de mi vida que llevo planificando más de dos años. Una casa frente al mar a escasos 20 minutos de Barcelona que terminaré de pagar cuando sea pensionista y me divierta contando historias alrededor de una mesa con familia, amigos y buen vino. Hasta entonces no tengo otro plan que dedicarme a alargar cada minuto concienzudamente para que cuando llegue el momento pueda ponerme delante del espejo y decir: este tipo se vivió la vida.  

Feliz miércoles a todos.