Escribo este post para cuando vengan a buscarme los recuerdos de mis últimos 5 años en el piso de Calle Mallorca con Enrique Granados. Un lugar en el que caímos por casualidad y que hicimos nuestro desde el primer día. Entre estas paredes he vivido lo mejor y lo peor de mi vida. Días de mucha luz y noches de mucha oscuridad. Casi 60 meses difíciles de resumir en unas líneas pero con momentos épicos que siempre quedarán en mi memoria.
Los primeros destellos de libertad después de la pandemia, cuando se terminó el toque de queda, se abrió el confinamiento perimetral y nos quitamos las mascarillas para confirmar que efectivamente, de cerca nadie es normal.
Los martes comiendo de tupper con Cucho para convencernos de que a pesar de vivir lejos de nuestra ciudad, estábamos en el lado correcto de la vida.
El año que convertí mi empresa en un estudio global con clientes fuera de España y de Europa, las noches en vela preparando briefings y las reuniones a horas raras por culpa del huso horario. La sensación de ir a toda velocidad y no importarte dónde está el freno de mano.
El día en el que decidí que quería ser profesor sin haber dado una clase en mi vida y el día de mi primera entrevista en el Clot casi un año después. Comenzar impartiendo FOL 6 horas a la semana, seguir como profesor de marketing y publicidad a jornada completa y aceptar la propuesta como jefe de departamento 3 años después a pesar de seguir considerándome un impostor.
El año 2023. De principio a fin. El accidente, los funerales, los viajes eternos a Zaragoza, las cajas de orfidal en la mesilla de noche y el pánico repentino a meterme en espacios cerrados. El año en el que el miedo empezó a formar parte de nuestras vidas y cómo poco a poco me hice fuerte en el dolor.
La tarde de octubre que fui a comprar el anillo de compromiso para Carla, la carta que le escribí desde mi despacho a la vuelta de un viaje con amigos y cómo volví a casa corriendo por Paseo de Gracia como si acabase de atracar Tiffany's.
El día que supimos que Carla estaba embarazada, los nueve meses de ilusión compartida y la madrugada de aquel 15 de diciembre cuando cerramos la puerta de casa sabiendo que volveríamos a abrirla siendo una más en la familia.
Los primeros pasitos de Camila por el pasillo y cómo mi hija me ha hecho volver a vivir “las primeras veces” de todo.
Los meses con Laura y Parri como roommates cuando volvimos de Tanzania. Las visitas de mis amigos, mi familia y toda la gente que ha construido gran parte de nuestros recuerdos en esta casa.
Un día leí que la juventud es conquistar lo nuevo, la madurez alargar lo bueno y la vejez recordar todo lo anterior. Hoy, con cuarenta años casi recién estrenados, abro la puerta de una nueva etapa de mi vida que llevo planificando más de dos años. Una casa frente al mar a escasos 20 minutos de Barcelona que terminaré de pagar cuando sea pensionista y me divierta contando historias alrededor de una mesa con familia, amigos y buen vino. Hasta entonces no tengo otro plan que dedicarme a alargar cada minuto concienzudamente para que cuando llegue el momento pueda ponerme delante del espejo y decir: este tipo se vivió la vida.
Feliz miércoles a todos.