Si aterrizase un alienígena en la tierra y me preguntase qué narices es el verano y por qué demonios nos gusta tanto, le sentaría en una hamaca en la orilla de la playa un día de finales de junio, con los pies a remojo -lo justo, solo cuando rompe la ola- le pondría una tajada de sandía fresca entre las manos y esperaría a que el juguillo se le empiece a escurrir por el brazo hasta los codos. En ese mismo instante lo miraría y ofreciéndole una caña fría con gaseosa le diría: ves, esto es el verano.
Después, si tuviera tiempo, podría explicarle con más detalle que el verano es un estado de ánimo. Es la mejor versión de nosotros mismos, el wonder hit de los meses del año, pero antes le contaría que mi verano huele a sofrito y a crema Nivea todo el tiempo. Sabe a cerveza con gaseosa en porrón, a magnum frac y calipo de fresa -sí, yo era de los de fresa-, a churros en las ferias y patatas fritas en la orilla. A gazpacho de mi abuela con su guarnición que a veces era del tamaño de una ensalada, al melón con dos tiritas de jamón y a cerezas heladas en el centro de la mesa.
Después de esta pequeña intro me lo llevaría de fiesta y le explicaría que en España no se puede volver a casa de noche y mucho menos con el estómago vacío. Le invitaría a probar una ensaimada recién hecha y un cortado con hielo, nada de americano ni capuccino. Le enseñaría a jugar al mus para las sobremesas y al scrable para las noches calurosas. Aunque no lo acabaría, le regalaría un pack básico de verano con un par de puzzles de 5000 piezas, una novela de 700 páginas de Ken Follet y un cuaderno con más de 100 crucigramas y sudokus. Le diría que se aprenda todos los hits del verano para que cuando vaya a los bares suenen los del verano anterior. Le pondría un sofá, un ventilador y el Tour de Francia de fondo para que duerma la mejor siesta de su vida. Le explicaría que en España cuando tomas el sol, los 20 primeros minutos se hacen sin crema, sin gafas y sin culpa. Y que lo que hoy es “quemado” mañana es moreno. Le comentaría que en general no hay horario de comidas, que vas picando cosas todo el tiempo hasta que son las 12 de la noche, que es cuando decides si sales o no. Y por último le diría que en San Fermín lo peligroso no son los toros, que el camino de Santiago no va de fé, va de gastronomía y que en las fiestas de los pueblos, por mucho que los busques, ya no queda nadie del pueblo.
Feliz verano

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