viernes, 17 de julio de 2026

Visitas de verano

 Si aterrizase un alienígena en la tierra y me preguntase qué narices es el verano y por qué demonios nos gusta tanto, le sentaría en una hamaca en la orilla de la playa un día de finales de junio, con los pies a remojo -lo justo, solo cuando rompe la ola- le pondría una tajada de sandía fresca entre las manos y esperaría a que el juguillo se le empiece a escurrir por el brazo hasta los codos. En ese mismo instante lo miraría y ofreciéndole una caña fría  le diría: ves, esto es el verano. 

Después, si tuviera tiempo, podría explicarle con más detalle que el verano es un estado de ánimo. Es la mejor versión de nosotros mismos, el wonder hit de los meses del año, pero antes le contaría que mi verano huele a sofrito y a crema Nivea todo el tiempo. Sabe a cerveza con gaseosa en porrón, a magnum frac y calipo de fresa -sí, yo era de los de fresa-, a churros en las ferias y patatas fritas en la orilla. A gazpacho de mi abuela con su guarnición que a veces era del tamaño de una ensalada, al melón con dos tiritas de jamón y a cerezas heladas en el centro de la mesa. 

Después de esta pequeña intro me lo llevaría de fiesta y le explicaría que en España no se puede volver a casa de noche y mucho menos con el estómago vacío. Le invitaría a probar una ensaimada recién hecha y un cortado con hielo, nada de americano ni capuccino. Le enseñaría a jugar al mus para las sobremesas y al scrable para las noches calurosas. Aunque no lo acabaría, le regalaría un pack básico de verano con  un par de puzzles de 5000 piezas, una novela de 700 páginas de Ken Follet y un cuaderno con más de 100 crucigramas y sudokus. Le diría que se aprenda todos los hits del verano para que cuando vaya a los bares suenen los del verano anterior. Le pondría un sofá, un ventilador y el Tour de Francia de fondo para que duerma la mejor siesta de su vida. Le explicaría que en España cuando tomas el sol, los 20 primeros minutos se hacen sin crema, sin gafas y sin culpa. Y que lo que hoy es “quemado” mañana es moreno. Le comentaría que en general no hay horario de comidas, que vas picando cosas todo el rato hasta que son las 12 de la noche, que es cuando decides si sales o no. Y por último le diría que en San Fermín lo peligroso no son los toros, que el camino de Santiago no va de fé, va de gastronomía y que en las fiestas de los pueblos, por mucho que los busques, ya no queda nadie del pueblo. 


Feliz verano 




lunes, 18 de mayo de 2026

El verano y la casera

En mi mente ya es verano y por eso este domingo cuando volvíamos de Quironsalud por la nacional II, paré en un super 24h para comprar una botella de La Casera, una bolsa de hielos y un limón tamaño XL. 

El jueves es el último día de clase oficial y aunque el mes de junio está repleto de recuperaciones, juntas de evaluación y preparativos para el curso que viene, el día a día a partir de la semana que viene pinta bastante summer vibe

A parte de hacer hueco en la librería para las novelas de verano, las tareas de la nueva casa me tienen más que ocupado. Con un poco de ayuda de amigos y chatGPT nos lanzamos a montar un jardín con buganvillas, ficus, jazmines andaluces y agapantus -no tenía ni idea de lo que era hasta que lo plantaron-. Lo que en un principio fue un “voy a poner algo verde para tapar el muro de cemento” se ha ido convirtiendo en un tapiz de florecillas que hay que cuidar a diario. Además, desde que tuvimos la visita de nuestros valencianos de confianza Laura y Carlos, he adquirido la rutina de bajar cada día al mar a darme un chombito después de dejar a Camila en la guarde. La idea es adoptar la filosofía Marcos Llorente y empezar a trabajar ese “callo solar” de 45 minutos diarios sin protección para evitar llegar al mes de agosto como un gusiluz. 

Otro upgrade que llegó después de la primera junta de vecinos fue la tan esperada barbacoa. El regalo de los 40 de mis padres y mi hermana que ha logrado que sólo quiera que llegue el fin de semana para sentirme Toni Soprano cocinando salchichas y hamburguesas a la parrilla con una Budweisser en una mano y un Cohiba en la otra. Durante estos 3 meses nos hemos ido adaptando sin esfuerzo a la vida pausada de un pequeño municipio de costa que vive mirando al mar, y eso se nota. Partidos de fútbol en la arena, voley-playa improvisado, surfing de tablón, escuela de vela y chiringuitos con tardeo.

Me he acostumbrado a ir andando a todos los sitios que puedo, a comprar en el mercado sin prisas y a pagar un precio razonable por un café que no sea de especialidad y una tostada que no sea de aguacate. Me he desprendido de muchos toppings que en el centro de la ciudad vienen de serie. He vuelto a improvisar, a moverme por instinto y a escuchar ese ritmo interno que siempre he tenido y que en los últimos años había estado algo apagado. Estoy disfrutando de cosas muy sencillas como cocinar con vino, caminar descalzo por la playa o tomarme una cerveza al sol con unas bravas. He cambiado 3 veces de colonia, de mayor a menor intensidad -reflejo clarísimo de mis inquietudes- llegando a la mínima que es el agua de colonia de Camila. También he abandonado las noticias en cualquiera de sus formatos salvo uno, el de mi padre, que es la persona que más horas dedica a estar sobreinformado. He vuelto a ver a grandes amigos que han venido a visitarnos y he organizado la gran velada el 12 de junio en Casafort, esta vez en categoría single masculino. 18 amigos con 3 largos días por delante para emborracharnos de felicidad, seguir construyendo recuerdos y confirmar que efectivamente, como dijo el gran David Gistau; a la vida hemos venido a veranear.

Feliz lunes.

miércoles, 18 de marzo de 2026

El legado de la abuela

 El pasado 7 de marzo despedimos a mi abuela en la parroquia de Santa Engracia, una iglesia a la que sólo he acudido en los últimos años para decir adiós, aunque de formas muy diferentes.

Desde 2023 convivo con una especie de paranoia que me persigue cada vez que me despido de alguien; ¿será la última vez? y si es así, ¿le doy un abrazo más largo, un beso más cariñoso o un te quiero más sincero? Durante más de 3 años he ido combinando "últimas veces" de muchas cosas con "primeras veces" de prácticamente todo lo que hace mi hija todo el rato. Una dualidad que es ley de vida, naturaleza, fugacidad. Lo que nace y crece frente a lo que se va y desaparece dejando lo más valioso que existe: los recuerdos.

Con la muerte de mi abuela se quedan cientos de recuerdos imposibles de olvidar. Historias que han sellado las costuras de lo que hoy es mi familia. Una familia capaz de ver la belleza en las heridas y entender que por mucho que duela, la muerte forma parte de la vida. 


7 de Marzo de 2026

Querida abuela,

Hoy nos hemos juntado toda la gente que te quiere para darte el último adiós. Un adiós acompañado de un gracias, que sin duda es la mejor forma de despedirte.

Gracias por haber formado junto al abuelo la familia que somos hoy. Una familia que crece más unida que nunca como un árbol que extiende sus ramas pero se mantiene firme en sus raíces. Sólidas, consistentes y capaces de sujetarnos a todos cuando ahí afuera todo se tambalea. 

Gracias por ser casa. Por enseñarnos a compartir tiempo juntos bajo un mismo techo. Un techo que bien podía estar en vuestra casa de Leon XIII, en Biescas o en cualquiera de los rincones que recorrimos juntos en aquellos veranos de nuestra niñez. 

Gracias por ser abuela. Un título que como siempre decíais, es el mejor regalo que os han podido hacer. 7 nietas y un nieto que te admiran y te quieren con todo su corazón. Algunos estamos aquí presentes, otros desde la distancia, pero todos recordándote y pensando que desde ahí arriba junto con el abuelo, Inés, Tomás y Quique, estaréis cuidándonos para que las raíces de este árbol que un día plantasteis sigan siendo más fuertes que nunca.

Gracias por todo abuela. Siempre  te recordaremos.

martes, 3 de febrero de 2026

Mallorca 211


Escribo este post para cuando vengan a buscarme los recuerdos de mis últimos 5 años en el piso de Calle Mallorca con Enrique Granados. Un lugar en el que caímos por casualidad y que hicimos nuestro desde el primer día. Entre estas paredes he vivido lo mejor y lo peor de mi vida. Días de mucha luz y noches de mucha oscuridad. Casi 60 meses difíciles de resumir en unas líneas pero con momentos épicos que siempre quedarán en mi memoria.

Los primeros destellos de libertad después de la pandemia, cuando se terminó el toque de queda, se abrió el confinamiento perimetral y nos quitamos las mascarillas para confirmar que efectivamente, de cerca nadie es normal.

Los martes comiendo de tupper con Cucho para convencernos de que a pesar de vivir lejos de nuestra ciudad, estábamos en el lado correcto de la vida.

El año que convertí mi empresa en un estudio global con clientes fuera de España y de Europa, las noches en vela preparando briefings y las reuniones a horas raras por culpa del huso horario. La sensación de ir a toda velocidad y no importarte dónde está el freno de mano.

 Las visitas de grandes amigos, pero especialmente las de Goyo y Monri, que empezaban los jueves con cervezas y terminaban los domingos con gintonic. Imposible olvidar la de mi despedida de soltero, cuando me metieron en un coche rumbo a ninguna parte y me devolvieron en un tren hecho un muñeco de trapo. 

 El día en el que decidí que quería ser profesor sin haber dado una clase en mi vida y el día de mi primera entrevista en el Clot casi un año después. Comenzar impartiendo FOL 6 horas a la semana, seguir como profesor de marketing y publicidad a jornada completa y aceptar la propuesta como jefe de departamento 3 años después a pesar de seguir considerándome un impostor.

 El año 2023. De principio a fin. El accidente, los funerales, los viajes eternos a Zaragoza, las cajas de orfidal en la mesilla de noche y el pánico repentino a meterme en espacios cerrados. El año en el que el miedo empezó a formar parte de nuestras vidas y cómo poco a poco me hice fuerte en el dolor.

La tarde de octubre que fui a comprar el anillo de compromiso para Carla, la carta que le escribí desde mi despacho a la vuelta de un viaje con amigos y cómo volví a casa corriendo por Paseo de Gracia como si acabase de atracar Tiffany's.

El día que supimos que Carla estaba embarazada, los nueve meses de ilusión compartida y la madrugada de aquel 15 de diciembre cuando cerramos la puerta de casa sabiendo que volveríamos a abrirla siendo una más en la familia. 

Los primeros pasitos de Camila por el pasillo y cómo mi hija me ha hecho volver a vivir “las primeras veces” de todo.

Los meses con Laura y Parri como roommates cuando volvimos de Tanzania. Las visitas de mis amigos, mi familia y toda la gente que ha construido gran parte de nuestros recuerdos en esta casa. 

Un día leí que la juventud es conquistar lo nuevo, la madurez alargar lo bueno y la vejez recordar todo lo anterior. Hoy, con cuarenta años casi recién estrenados, abro la puerta de una nueva etapa de mi vida que llevo planificando más de dos años. Una casa frente al mar a escasos 20 minutos de Barcelona que terminaré de pagar cuando sea pensionista y me divierta contando historias alrededor de una mesa con familia, amigos y buen vino. Hasta entonces no tengo otro plan que dedicarme a alargar cada minuto concienzudamente para que cuando llegue el momento pueda ponerme delante del espejo y decir: este tipo se vivió la vida.  

Feliz miércoles a todos.

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

A Camila

 Ahora que vas a cumplir un año y tu padre acaba de cumplir 40, aprovecho para dejarte por escrito algunos consejos de lo que he aprendido durante estos 39 años de vida que nos separan, por si tu yo del futuro decide pasarse algún día por aquí para leerlo:

Conoce mucha gente y haz nuevos amigos a lo largo del tiempo, pero conserva al menos un puñado muy buenos, serán como tus hermanos. Viaja todo lo que puedas, de todas las maneras, pero hazlo con respeto y sin prejuicios, no sirven absolutamente para nada. Rompe las reglas, no te conformes, cuestiónalo todo. Vive en la generosidad para tener abundancia. Y no me refiero a la económica sino a la vital. No seas mezquina, sé grande, entrega el amor que tienes sin echar cálculos porque sólo así al final saldrás ganando. 

Quiere con todo, sin miedo a que duela. Y si alguna vez duele, no te preocupes en exceso, te prometo que el tiempo lo cura casi todo. Ponte siempre en las botas del que tienes enfrente por muy distinto que te parezca. Eso te hará humana y sensible, que son dos grandes virtudes. Tómate en serio tu trabajo pero no te tomes a ti misma demasiado en serio. Baila con la vida sin miedo a tropezarte. Disfruta de cada etapa porque todas son únicas e irrepetibles. Consérvate joven de espíritu, inquieta de mente y bondadosa de corazón. Ríete sin miedo y mantente firme en tus convicciones. Sé leal, desinteresada y honesta con la gente que quieres. Eso te dará el mayor de los placeres, que es poder dormir tranquila. 

No sufras dando demasiadas explicaciones. Los que te conocen no las necesitan y los que no te conocen no las van a creer por mucho que te esfuerces. La vida es maravillosa y pasa demasiado rápido. Mira el pasado con cariño, el presente con determinación y el futuro con ilusión. Cuenta siempre la verdad, la mentira es un escudo para los cobardes. Confía en tus padres porque siempre van a querer lo mejor para ti, aunque a veces lo pongas en duda. No te olvides nunca de que tu padre es de Zaragoza, una tierra llena de gente honrada y hospitalaria donde la palabra es lo que más vale. 

Rodéate de buena gente, sana y con la mejor actitud ante los problemas. De esas a las que les dices "vamos al fin del mundo" y te contestan "espera que voy contigo". Recuerda siempre que el dinero no lo es todo, no dejes que nadie compre tu libertad. Acuérdate de que en tu familia es obligatorio celebrar, así que celebra todas las cosas buenas, por muy pequeñas y cotidianas que te parezcan.

Haz las cosas con el corazón y nunca te equivocarás. Sé feliz y haz feliz a la gente que te quiere. Abraza, mira a los ojos con sinceridad. Baila mucho y sé siempre dueña de tus actos. No prometas nada que no puedas cumplir. No tengas miedo al cambio, es algo constante. Aprende a observar y a adaptarte. Si un día todo tambalea, agárrate fuerte a tus raíces. Las que durante años habrán construido tu padre y tu madre a través de la familia, los amigos y los valores que siempre permanecen. Sé auténtica. Llena siempre tu mirada de curiosidad e ilusión, y no te olvides nunca de que tu padre estará siempre a tu lado para levantarte cuando te caigas. 

jueves, 6 de noviembre de 2025

Una vuelta tranquila

Casi sin darme cuenta estamos ya en noviembre, las luces de navidad adornan el Paseo de Gracia y en mi casa huele a vela de Gingerbread. Hacía más de 2 meses que no me pasaba por aquí y desde mi último post estoy comprobando que ya no queda nada de arena en los bolsillos ni ningún atisbo de moreno veraniego.

 Desde el mes de septiembre hasta ahora han pasado dos intensos virus, alguna sesión de fisioterapia para descontracturar y un puñado de novedades que nos ilusionan y estresan a partes iguales. La primera de todas llegó con la guardería de Camila, el periodo de adaptación y los nuevos horarios. Por suerte lo que al principio me convirtió en "padre a la fuga" sin mirar atrás cuando se quedaba llorando en la clase de los koalas, con el tiempo ha ido transformándose en Big Daddy con un aire más tranquilo y relajado, al menos hasta el mediodía, que llego al colegio a ocupar mi nuevo puesto de Jefe de Departamento. A este capítulo le podríamos apodar "Jefe por sorpresa", ya que nadie -ni siquiera yo- esperaba que me ofrecieran este cargo para el curso 25/26 con apenas 3 años en el centro. Todo sucedió en Julio -el último día de clases para ser más exactos- cuando prácticamente estaba despidiéndome de mis compañeros con la crema de sol y el bañador en la mochila y un ticket impreso para ver el concierto de Guitarrica de La Fuente con Carla. Una llamada al despacho de dirección en el minuto 90 siempre genera dudas. Saber que tenía que omitir la conversación hasta finales de verano lo que me generó fue un sarpullido. Ilusión, nervios y un poquito de ansiedad para afrontar el nuevo reto. Imposible decir que no. Sino, no sería yo.

Bien entrado Octubre y cuando parecía que se me iba el tembleque del ojo derecho, Carla encuentra un nuevo trabajo después de 10 años en su empresa, donde le toca asumir nuevas responsabilidades y adaptarse a una nueva rutina a 1 hora y pico de casa (atascos incluidos). Una vez más tocaba sacar calendario para cuadrar agendas de guardería, trabajo, recogida entre semana y dormir al menos 6 horas. Fantaseo con ver una película del tirón desde septiembre. Es imposible seguir despierto pasadas las 10.30 de la noche. Ni siquiera el Madrid en Champions lo ha logrado. A todo esto hay que añadir que si todo va bien y no nos desintegramos por el camino, a finales de año entraremos a vivir en nuestra nueva casa. Una planta baja con jardín y piscina en un distrito llamado California. Espero que mis vecinos nos den la bienvenida con un Carrot Cake y que cada mañana me lance el periódico un chico montado en bicicleta. Si los estatutos lo permiten y la comunidad de propietarios no se opone yo cumpliré con la parte que me toca. Compraré una barbacoa, pondré un proyector de cine en el porche y montaré unas sobremesas que nada tendrán que envidiar al Tiny desk de C.Tangana. 

Feliz Jueves.


lunes, 25 de agosto de 2025

El del verano

Y entonces llega septiembre. Un mes lleno de promesas donde la vuelta a la ciudad es sinónimo de reactivar el correo, retomar los proyectos que se quedaron anotados en la libreta, bajar al super a hacer la compra más aburrida del verano llenando la cesta de productos saludables y bajos en calorías, volver a apuntarse a la piscina con el objetivo, este año sí, de ir al menos 3 veces por semana, y algo que siempre me cuesta pero termino haciendo nada más volver: cortarme el pelo. Lo que funciona en la playa durante 3 semanas de pronto desencaja en la agenda del día a día urbanita. Ese look veraniego de bermuda corta, alpargata acartonada, barba y pelo desaliñado como si llevaras un año viviendo a bordo de un velero deja de ser coherente entre las calles y el ajetreo de la ciudad. Los últimos días de agosto en Barcelona se convierten en una especie de purgatorio de lo que ha sido un mes en el paraíso. Poco a poco van quedando atrás los paseos por la orilla, las siestas en la piscina y las comidas en un chiringuito a las 4 de la tarde para dar paso a los tuppers, los grupos de whatsapp de trabajo y las carreras por el asfalto esquivando a los patinetes y repartidores de glovo.

Este año las vacaciones han tenido la misma hoja de ruta que los dos anteriores pero a un ritmo totalmente distinto. Con Camila he descubierto que existen dos mañanas, dos tardes y dos noches, cada franja siempre divida por pequeñas siestas de hora y media y 120 ml de leche en polvo. Entre la siesta de la mañana y la de la tarde me ha dado tiempo a leer la mitad de Años Salvajes (William Finnegan), un libro que empecé con muchas ganas y ha terminado aburriéndome en la página 237. Esto lo he combinado con mi pequeño placer culpable -mis podcast de confianza- que disfrutaba mientras me abría una botella de vino tinto en Biescas, rosado en las Landas y blanco en Altafulla. 2025 ha sido nuestro primer verano en familia y aunque tengo un carrete lleno de recuerdos inolvidables que prometo revelar algún día de septiembre, ninguno representa mejor la idea de felicidad como la de mirar a la orilla desde el agua y ver a Carla persiguiendo a Camila mientras gateaba con marea baja.


En Biescas coincidimos con mi prima Carmela a modo revival y participamos con los niños en el concurso popular de disfraces, rememorando los tiempos en los que ganábamos cada verano gracias al ingenio de nuestras madres. Hicimos caminatas cortas -siempre hemos sido más excursionistas que montañeros- ,disfrutamos de la actuación de magia de mi padre en su performance como “El mago Xoan” y ganamos el premio al mejor postre en el concurso de tapas de la urbanización, con unas rocas de chocolate y chococrispis que apodamos genuinamente “Rocas del Valle”. 


Comimos y alargamos la sobremesa en el merendero de Lasarra con nuestros amigos valencianos Laura y Carlos, y disfrutamos de las noches frescas del verano pirenaico contando batallitas y jugándonos el aperitivo al Continental.


Durante la semana en Altafulla he combinado tardes en familia con mañanas de navegación en un curso de vela ligera que empecé con mi suegro y casi acabo en solitario por culpa de una racha de 20 nudos que nos hizo volcar y fracturó el dedo de Carla cuando sustituía a su padre. Disfrutamos de la vida pirata en la playa que nos vio darnos el sí quiero hace 3 años, brindamos mucho y muy seguido, arreglamos el mundo desde la orilla en una tarde con Laura y Marta y nos escapamos a Casafort en el día durante la vendimia de la temporada. 


Este fin de semana es la última bocanada de aire de un verano que se acaba pero que abre la puerta a un nuevo camino que no sé todavía si se hace al andar o como dijo Mauricio Wiesenthal, se anda camino al hacer. 


Feliz retorno.


Una película: Palm Springs (2020). Fresca, muy divertida y sin pretensiones. Lo que le pides a un verano perfecto.


Un olor: Neroni Portofino de Tom Ford. Lo más parecido a oler siempre a vacaciones en algún lugar del mar mediterráneo.


Una canción: Pipe dream de Guitarrica de la Fuente. Por lo que significó el momento en el que sonó en directo el 3 de julio en el Pueblo Español de Barcelona. El final de curso, el inicio del verano. Nuestra primera escapada como padres. 





jueves, 31 de julio de 2025

Out of office

 No empiezan las vacaciones hasta que no me tomo un tinto de verano bien frío. Servido en copa de balón, con su rodajita de limón y rebosante de hielo. De hecho podría decir que ese es el dress code del mes de agosto. Pies descalzos, bañador mojado siempre, una camisetilla arrugada y algo de beber en la mano. Desde hace un par de años le he añadido a este atrezzo un paquete de cigarrillos de vainilla. No soy fumador hasta agosto. Es una de tantas cosas que me gusta hacer sólo en esta época del año. También debería añadir hacer crucigramas, llevar algún complemento en la cabeza o atiborrarme a pipas en un banco.  

El otro día me enteré leyendo un reportaje de viajes que para los moken -una tribu nómada del archipiélago de Surin, Tailandia- la palabra "preocupación" no existe. De pronto me imaginé a toda esta gente viviendo su eterno verano, dejando que la cadencia de los días la marque el ritmo de las mareas. Poniendo el tiempo en pausa. Disfrutando de algo tan bonito y necesario como es el no hacer nada. Los romanos lo sabían y lo apodaron "il dolce far niente". En catalán hay un verbo que me encanta, badar, que significa algo así como "embobarse" y que representa a la perfección el deseo que tenemos muchos durante estos meses. 

Hace ya 3 años -justo después del verano de nuestra boda- que Carla y yo decidimos parar en agosto. Encontramos la fórmula para adoptar el verano como un estado de ánimo en el que no pueden faltar las largas siestas con el cri cri cri de las cigarras, la cerveza helada y el pitillo después de un baño en el mar, quedarse dormido leyendo una novelas de más de 500 páginas u observar en bucle cómo rompen las olas hasta que se moja la toalla. Este año entra una persona más en la ecuación. Con Camila estoy recuperando la sensación tan placentera de estrenarlo todo. Sentir que es la primera vez en cada cosa que hago. Un pequeño viaje en el tiempo a la infancia. Y este verano, de alguna manera, me emociona ponerme en la piel de mis padres cuando ellos con apenas 30 años recién cumplidos, nos paseaban a mi hermana y a mí por las calles de Biescas y las montañas del Pirineo. 

Mañana empiezan las vacaciones. Queda un mes enterito de verano, el 70 cumpleaños de mi padre, los atardeceres surfeando en Las Landas y la calmachicha mediterránea de Altafulla. Pero nada de lo que he nombrado en este post es comparable con el placer de activar en el mail el mensaje de "Estaré fuera de la oficina hasta el lunes 25 de agosto." 

Feliz verano.

martes, 17 de junio de 2025

Building memories

"Building memories". Tomo prestado este claim con el que mi prima Pilar brindaba este sábado por su 40 cumpleaños en una cala al sur de Ibiza y que casi termino tatuándome en la discoteca La Cova Santa. Memorias de un fin de semana que fue lo más parecido a un anuncio de Estrella de los de antes, donde la gente se emborrachaba, bailaba hasta las tantas y se quitaba la ropa en la orilla del mar. 

El pasado 14 de Junio mi querida prima decidió darle la vuelta al jamón y celebrar sus 40 tacos como el Gran Gatsby. Contrató un catamarán en Formentera, reservó una mesa para 20 en un restaurante de Ses Boques y nos metió en un reservado para bailar hasta que el cuerpo aguantase. Y ya lo creo que se aguantó. Se rió mucho, se bebió demasiado y se brindó todo el rato. Porque si de algo sabemos es de brindar. Por lo que fue, por lo que es y por lo que será. Abrir una botella en mi familia es motivo de celebración. Abrir la segunda es sinónimo de descontrol. Y este sábado había muchas pero que muchas ganas de descontrol. 

Desde Italia, Madrid, Zaragoza y Barcelona. Durante 3 días fuimos llegando en escala hasta encontrarnos el sábado a las tres de la tarde en Ses Boques. A algunos amigos de mi prima no los conocía, a otros no los veía desde hace más de 10 años y con otros que tenemos en común como Guille, no coincidía desde mi boda en 2022. Sólo hicieron falta 15 minutos para ponernos todos al día. El resto del tiempo fluyó entre brindis, anécdotas, bailes y abrazos. Mojar los pies en el agua y los labios en sangría hasta las 8 de la tarde. Comer pescado fresco a la brasa, saborear un arroz caldoso y probar las hierbas ibicencas una y otra vez. Bebernos la tarde en una sobremesa mientras el sol va apagándose en el horizonte al ritmo de palmas y carcajadas. Quitarte las alpargatas acartonadas, ponerte las gafas de sol sobre la cabeza, desabrocharte tres botones de la camisa y sentir que ya empieza el verano. Que a partir de ahora es siempre viernes hasta septiembre. Que por unas horas estás en una isla rodeado de amigos y familia dejando que el tiempo vaya escurriéndose entre copa y copa. Haciendo que todo parezca sencillo sin tener que fingir nada, porque si algo tiene el mar y el verano es ese filtro para naturalizarlo todo. No es el Hudson, ni el Tokio ni el Lo-Fi. Es un brillo especial que no se aprecia en las fotos ni en los vídeos, sólo en los recuerdos. 

Felicidades prima, te quiero. 



jueves, 29 de mayo de 2025

El oficio de ser simpático

 Era septiembre de 2023. Ellos estaban muy nerviosos porque era su primer día en el ciclo de Grado Superior. Yo estaba como un flan porque era mi primer día como profesor titular a jornada completa. Intenté que no se me notara y para ello me agarré a lo que siempre me ha funcionado, el viejo truco; el sentido del humor. Entre susurros y con el power point cargándose en la pantalla, decidí romper el hielo con una broma que aún a día de hoy sigue siendo motivo de cachondeo por los pasillos. 

Desde entonces me he ido ganando cada día su confianza hasta hoy, que celebran la fiesta de graduación y yo dejo de ser su profesor para convertirme en un contacto profesional o quién sabe, quizás en el recuerdo de un docente que lo hizo lo mejor que supo durante dos años. Sea como sea, hoy termina su paso por nuestras aulas para comenzar un nuevo camino laboral o académico, y la mejor forma que he encontrado de agradecerles su esfuerzo y dedicación en estos años, ha sido dedicándoles el siguiente discurso:

"Con vuestro permiso he dividido el discurso en 3 bloques.

El primero de todos hace referencia al pasado, a ese mes de septiembre de 2023 en el que empezasteis vuestra formación profesional en el Clot. Muchos estabais dubitativos, otros desubicados y algunos un poco asustados. No pasa nada. Tener miedo es lo más natural y auténtico del ser humano. Es una emoción que nos mantiene despiertos y alerta ante la incertidumbre. Pero el miedo conforme se avanza en el tiempo, debe de transformarse en seguridad. Y esa es, aunque muchos no os hayáis dado cuenta, parte de nuestra labor como docentes. Dotaros de la seguridad necesaria para afrontar el mundo profesional el día de mañana. Para ello se sufre y se atraviesan momentos duros. Nadie regala nada o como dicen en mi tierra: nadie da duros a cuatro pesetas

En septiembre de 2023 las ramas todavía no os permitían ver el bosque, pero confiasteis en nosotros, en todos los profesores, para que fuésemos vuestros guías y llegar a día de hoy con las capacidades necesarias que os permiten incorporaos al mundo laboral no sólo como buenos profesionales sino también como grandes personas.

Y precisamente de eso trata mi segundo punto. Del presente, el día de hoy. El momento en el que termináis vuestra etapa en una institución como Jesuitas El Clot, que vosotros mismos habéis elegido, luchado y superado para llegar hasta aquí. Un camino que no ha sido fácil, que ha estado lleno de dificultades, retos, en ocasiones frustraciones y desencuentros, pero siempre esperanzados y motivados hasta el final. Hablo en nombre de todos los profesores si digo que sois un grupo excelente. Que estáis perfectamente preparados para salir ahí afuera y haceos un hueco en un entorno cada vez más competitivo. En definitiva y lo de lo que más orgullosos nos sentimos, es de que nuestro propósito se ha cumplido: vuestros miedos y dudas del pasado son ahora confianza y seguridad para afrontar el día de mañana.

Y de mañana y el futuro trata el último punto. Nuestro trabajo ya está hecho y ahora no podemos hacer otra cosa que aconsejaos como profesionales y personas. Sed curiosos, no dejéis nunca de aprender cosas nuevas que mejorarán vuestras habilidades. El mundo está en constante cambio y de vuestra capacidad de adaptación dependerá vuestro futuro. Creed en vosotros mismos porque si no lo hacéis, nadie más va a hacerlo. Habrá muchos momentos complicados, creedme, en muchas ocasiones perderéis el rumbo, pero recordad siempre quiénes sois y de dónde venís. Sed buena gente. A nadie le gusta trabajar ni compartir su tiempo con malas personas. Os lo he repetido durante dos años y lo haré siempre. El trabajo cambia, el dinero viene y va, pero las buenas personas siempre permanecen imborrables en el tiempo. 

Mi último consejo y para mí es el principal motivo que me trajo hasta aquí como docente y del que me siento más orgulloso: compartid vuestro conocimiento. No sirve de nada aprender si no lo compartimos para hacer de este mundo algo mejor. Gracias por vuestro tesón, esfuerzo y dedicación. Llegaréis tan lejos como queráis. No os olvidéis nunca de que esta ha sido, es y será siempre vuestra casa. Sed valientes, el futuro os pertenece."

jueves, 1 de mayo de 2025

Lo que Monri me debe

Nunca lo había pensado hasta que este sábado se lo escuché decir a un mexicano en la boda de Pablo "Se lo debes cabrón, estar aquí ahora mismo es por su culpa". Esto fue lo que le dijo un invitado a Monri, cuando después de unos cuantos vinos y copas le contamos por qué estábamos allí los dos, Borja y yo, en una finca de las afueras de Madrid celebrando la boda de nuestro querido amigo de Erasmus Pablo, con más de 200 invitados donde no conocíamos absolutamente a nadie salvo al novio. 

Todo empezó en 2006, en la facultad de Ciencias Económicas de Zaragoza, cuando a las 6 de la mañana estábamos Monri y yo haciendo fila en la puerta de secretaría para poder elegir uno de los pocos destinos Erasmus que quedaron libres después del reparto de plazas del día anterior. Parecíamos los jugadores del draft de la NBA que ningún equipo quiere. Y es que la selección del destino iba por orden de expediente académico, por lo que aquellos que teníamos peores notas nos quedábamos a la cola de la lista. El expediente de Monri y el mío era similar. Casi todo aprobados, algún notable y creo que entre los dos no sumábamos 3 sobresalientes en 4 años de carrera. Esto nos situaba en el peor escenario al final de una jornada frenética para muchos; todos los destinos agotados salvo 3: Tralee (Irlanda), Groningen (Holanda) y Lieja (Bélgica). Nadie los había elegido. Hubo gente que incluso prefirió renunciar ese año a su plaza de Erasmus antes que elegir alguno de esos 3 destinos. Groningen tenía fama de ser muy exigente académicamente y corrías el riesgo de volver a España con la mitad del curso suspendido. Lieja era un territorio tremendamente aburrido y con pocas posibilidades de aprender bien un idioma. Este descarte nos dejaba como única opción Tralee, una ciudad irlandesa con apenas 30.000 habitantes de la que no teníamos ninguna referencia. Convencer a Monri de que ése sería nuestro mejor año como universitarios me costó unas cuantas cañas y una tarde de llamadas telefónicas para intentar conectar con los estudiantes que estuvieron el año anterior a nosotros. De madrugada, como en las grandes rondas de negociación, Monri y yo tomábamos la decisión de plantarnos a las 6 de la mañana del día siguiente en la puerta de la facultad para ser los primeros en elegir los últimos puestos. Aunque sólo quedaran 8 plazas y 3 destinos, poder elegir los primeros por una vez en nuestra vida nos hizo tan felices que tuvimos que ir a la cafetería a celebrarlo con unas cañas. Era oficial, ya habíamos firmado. Al curso siguiente estaríamos en la capital del condado de Kerry. 

Contra todo pronóstico mejoramos nuestro nivel de inglés, viajamos por media Europa, aprobamos todo el curso y construimos un núcleo duro de amigos que a día de hoy aún se mantiene. Durante un año compartimos vida, residencia y aventuras con un grupo de gente que en aquel momento se convirtió en nuestra familia. Este sábado se casó uno de los nuestros. Pablo, de origen asturiano, residente en Luxemburgo, expatriado en Washington y Londres. Compartió piso con un sobrino de Osama Bin Laden, perdió su acento en Búfalo y lo recuperó en Elche. Una de esas personas que son graciosas sin querer serlo. Un tipo que se hace querer con su simpatía y don de gentes. Y eso se notaba en nuestra mesa, donde aunque nadie se conocía todos teníamos algo en común. Una gran historia con una gran persona. En diferentes momentos de su vida, distintos países y múltiples lenguas. Hoy vivimos separados por miles de kilómetros, pero cuando nos juntamos, pasen los años que pasen, siempre dejamos claro a través de nuestras risas, bailes y anécdotas, que hubo un año en el que vivimos peligrosamente juntos. 



martes, 15 de abril de 2025

Volver a esos lugares

Donde fuiste feliz alguna vez, no debieras volver jamás. Siempre he tenido un dilema con esta cita de Felix Grande. Para regresar a un lugar donde fuiste feliz una temporada de tu vida, primero debes asumir que probablemente las cosas no estarán donde las dejaste en tu memoria. El tiempo las habrá cambiado de sitio o las habrá hecho desaparecer. Es algo así como firmar un pacto con tus recuerdos. Yo los dejo que permanezcan imborrables a cambio de que no molesten demasiado durante el viaje para poder construir otros nuevos. 

La primera vez que viajé a Amsterdam tenía 18 años. Era mi primer verano como universitario y junto a mis amigos decidimos comprar un billete de Interrail que nos llevaría desde la estación Delicias de Zaragoza hasta Países Bajos, pasando por Francia, Bélgica y Luxemburgo en un trayecto que duraría 15 días. Era como si la película de American Pie la hubiera escrito Alex de la Iglesia. Mochila en mano, con apenas 500 euros y sobreviviendo a base de bocadillos y ensaladas de atún en lata Isabel, nos perdimos por París, Burdeos, Normandía, Brujas, Gante, Amberes, Luxemburgo, Utrech y Amsterdam. Digo nos perdimos porque fue literal. Los móviles de tarjeta prepago sin roaming, los mapas de papel de la oficina de turismo y un terrible nivel de francés e inglés, nos convertían en el blanco perfecto para que nos pasaran cositas. Y así terminamos durmiendo en un albergue para indigentes en París, en un reformatorio de Caen o en el altillo de un hostel de Brujas jugando a la botella con el staff y otros huéspedes. Lo bueno de tener 18 años es que está todo por hacer. Todo es fresco, sorprendente e ingenuo. Lo que en ese momento nos parecía una aventura, hoy lo juzgaríamos como una imprudencia o simplemente como una imbecilidad, pero además de para un buen álbum de fotos, ese viaje por Europa nos unió como amigos y nos sigue aportando grandes anécdotas cuando nos juntamos. Una de ellas la conté orgulloso este año cuando Roque vino a mi colegio a dar una charla a los alumnos de Marketing y Publicidad. 

Este fin de semana he vuelto a Amsterdam. Aunque ya lo había visitado en 4 ocasiones desde aquel viaje de Interrail, esta vez era muy especial por ser el primer viaje que hacíamos en familia con Camila. El motivo principal ha sido visitar a nuestra amiga Clara, que acaba de mudarse a una casa a orillas del canal después de 5 años viviendo de alquiler en un piso compartido. Viajar con un bebé de 4 meses ya es de por sí una gran aventura, por lo que hemos tratado de adaptar nuestros planes lo más baby friendly posible. Debo ser de las pocas personas que no conoce Amsterdam con mal tiempo. El sol siempre ha viajado conmigo en esta ciudad. Cinco de cinco. "Vaya solazo vas a pillar. Que sepas que eso es tener mucha suerte. Nos vemos el domingo" fue el Whatsapp que me escribió Julio, un amigo con el que no coincidía desde que estudié en Madrid en 2010 y al que me hizo muchísima ilusión volver a ver para ponernos al día y recordar batallitas de aquellos años como creativos publicitarios.  

Con la primavera haciendo sus deberes, salimos a caminar y broncearnos por un Amsterdam que durante 8 semanas se convierte en un jardín de tulipanes de todos los tamaños, colores y formas. Visité por fin el museo de Van Gogh con la ilusión fallida de encontrarme con el cuadro -Terraza de café por la noche- que me persigue desde aquel libro de Plástica y Visual de primaria. Resulta que está en el MOMA de Nueva York. Cenamos con Monri, Idil y Mía en el tiempo de descuento y disfrutamos de una comilona en Haarleem después de visitar el parque de las flores de Keukenhof. 

Cuatro días y tres noches que nada han tenido que ver con las anteriores visitas. Las terrazas, los museos y los jardines han sustituido a los bares y discotecas de otras ocasiones. Las noches de ahora son sueños interrumpidos cada hora y media por Camila. Los días, sin embargo, son un puñado de horas seguidas en las que intento acumular el mayor número de vivencias posible sabiendo que algún día se convertirán en recuerdos imborrables. 

Toca coger el avión de vuelta. Vuelve esa sensación de nostalgia del presente que tantas veces me acompaña, pero esta vez lo hace de forma diferente. Como si fuera el spoiler de una nueva temporada. Como si de alguna manera, con el guión en la mano, el guionista me estuviera diciendo que lo mejor de la serie está todavía por llegar. 

Feliz Martes.

miércoles, 26 de febrero de 2025

Cómo ser Bill Murray

Estás en una esquina de Nueva York esperando a cruzar la calle. Ensimismado, no le prestas demasiada atención al mundo que te rodea. De pronto, alguien te tapa los ojos con las manos y te dice: ¿Quién soy? Nadie te hacía ese juego desde que estabas en primaria. Normalmente esta situación te alarmaría, pero la voz te resulta familiar. No acabas de saber quién habla, pero tienes la certeza de que se trata de un amigo. Te das la vuelta y es Bill Murray. Más alto de lo que esperabas y lleva la camisa arrugada. Empiezas a tartamudear, te cuesta encontrar las palabras, tu cabeza no puede procesar lo increíble de la situación. Él esboza una sonrisa, se te acerca y añade en voz baja: nadie te va a creer.

Así empieza Cómo ser Bill Murray, un libro escrito por Gavin Edwards y que ha sido sin duda una de las historias con las que más me he reído en los últimos años. Ídolo de mi infancia desde que vi Cazafantasmas con 10 años, este tipo que parece moverse por la vida como si fuera un escenario, es conocido no sólo por su consagrada carrera cinematográfica, sino también por sus excéntricas improvisaciones. Aparecía cantando en un karaoke con desconocidos, se colaba en una fiesta de estudiantes para fregar los platos, o te robaba las palomitas en el cine mientras veías una película con tu pareja. Sus apariciones eran de lo más variopintas, pero a todos les decía lo mismo: <<nadie te va a creer>>. 

Lo que al principio se pensaba que era una leyenda urbana de la ciudad de Nueva York, poco a poco fue confirmándose gracias a muchos testimonios y alguna prueba fotográfica. Imposible de desentrañar, vive sin agente y sin móvil y es la pesadilla de muchos directores por su impuntualidad y falta de compromiso. Monta congas, se pasea por ciudades en carrito de golf y es terriblemente complicado sacarse una foto con él porque para cuando eres realmente consciente de lo que está pasando, Bill ya se ha marchado.

Este libro es del año 2016 y está escrito a partir de décadas de testimonios y anécdotas de amigos, colegas de profesión y gente desconocida que ha tenido la suerte de ser víctima de sus bromas. La mayoría tuvieron lugar antes de que los smartphones, Instagram y Google fuesen un cortafuegos entre la vida real y la ficticia. Cuando no vivíamos en riguroso directo y las buenas historias pasaban de boca en boca hasta convertirse en leyendas. 

Hace años que no se sabe de sus peripecias ni apariciones fugaces. Yo quiero pensar que sigue esquivando las cámaras de los móviles y colándose para dar un discurso en la despedida de soltero de un desconocido, o metiéndose detrás de la barra de un bar a servir chupitos durante toda la noche. O tal vez, como dice el bueno de Gavin Edwards en su libro, todo apunta a que Bill esté improvisando y haciendo de este planeta un lugar más divertido, libre y amable sin que ninguno de nosotros lo sepamos.

martes, 18 de febrero de 2025

Paquita La Del Barrio

Paquita apagaba el puro y se encendía un whisky. Soñaba que dormía con un tigre pero en realidad era un gatito con las uñas cortadas. Para casarse buscaba un arquitecto y para divertirse un desalmado. Sin modales ni cumplidos, Paquita escupía veneno con cada palabra que salía por su boca. Se saltaba el protocolo engañando al que le engañaba, insultando al que le insultaba y queriendo al que le quería. Con una gran dosis de orgullo y más amor propio que compartido, la única historia de amor que conocía era la de Romeo y su nieta.

Hoy ha muerto Paquita La Del Barrio a los 77 años en Veracruz. Ella se va pero en mi memoria quedan muy vivas todas las noches que me emborraché en México escuchando sus canciones, invitando a tragos a desconocidos y bailando con la vida con esa mirada que tiene alguien que sabe con certeza que todo irá bien. 

Empecé escuchándola por casualidad en una cantina de Jalisco y terminó como favorita de mi playlist de rancheras durante 3 meses de viaje. Qué manera tan elegante y desgarrada de mandarlo todo al diablo. Qué forma tan bonita de odiar y llamar inútil a alguien. Qué placer volver a escucharte en tiempos de cancelación y música políticamente correcta. 

Estoy convencido de que hoy te estarás corriendo una buena juerga allí arriba. Sin permiso y sin mentiras. Sujetando un caballito de tequila con una mano y un cigarrillo en la otra. Apretando el gatillo en cada estrofa con el arte de quien sólo necesita una bala en la recámara. Destapando verdades y señalando sin miedo con tus canciones a todos aquellos que algún día jugaron al escondite con el amor y al final huyeron como rata de 2 patas. Los que nos quedamos aquí guardamos en tu honor un poquito de ese orgullo y valentía para mirar a alguien a los ojos y decirle sin piedad: ¿Me estás oyendo inútil? te estoy hablando a ti.

viernes, 31 de enero de 2025

El de Nueva York

 Nueva York es un sitio al que volvería una vez al año si pudiera. Una ciudad que me parece frenética y apasionante a partes iguales. Cada vez que alguien conocido viaja a Nueva York sufro una envidia sana incontrolable. Vuelvo a recordar aquella navidad de 2017 cuando fuimos Carla y yo a visitar a Karolos y Rachel -todavía solteros en un apartamento de Brooklyn- el olor de sus calles, el ruido del tráfico y el latido que marca el ritmo de la que para mí es la mejor ciudad del mundo. 

No sé muy bien por qué -según mi madre es porque me encantaba el baloncesto- pero a los 8 años me obsesioné con esta ciudad. Empecé a coleccionar postales que pedía a todo el mundo que iba, recortaba fotografías de las revistas, grababa documentales en cintas VHS, compraba camisetas de la NBA, banderitas y hasta chantajeaba a mi madre para comprar Marshmallows durante la semana americana de El Corte Inglés. Con Carla tengo la broma de que en mi anterior vida fui yankee. He leído libros y revistas de la ciudad, me he suscrito a magazines y me es absolutamente imposible resistirme a una película en cuya sinopsis aparezca la palabra NYC por muy mala puntuación que tenga en filmaffinity. 

Me encanta engañarme a mí mismo pensando que alguna vez en mi vida viviré una época allí. Un mes, un verano, lo que dé de sí el visado de turista. El tiempo justo para sentirme un poco neoyorkino y no un viajero de pasada. Lo necesario para como decía F. Scott Fitzgerald, confluir con la ciudad y arrastrarla detrás al atravesar cada portal. 

Alquilaría un apartamento en el Village -posiblemente en Tribeca-, me perdería en la noche del Soho y caminaría cada día por el Lower East Side hasta Little Italy. Me atiborraría a cafés, visitaría con calma el Whitney, pondría el foco en pequeños sitios aislados imaginándome historias ficticias de misterios y sucesos y me quedaría mirando las calles como si fueran fotogramas de una de tantas películas. Además, iría al Madison a ver a los Knicks que tantas madrugadas estoy viendo por la tele y me comería después un perrito picante en el Nathan’s o un sandwich de pollo frito en el Chiky

Cada año cuando se acerca la primavera, abro inevitablemente google para mirar el precio de los vuelos y los hoteles fantaseando con ir una temporada en verano. El año pasado llegué incluso a ponerme en contacto con una conocida de Karolos que buscaba un intercambio de casas Nueva York- Barcelona para 3 semanas y que finalmente se echó atrás porque buscaba un sitio más cercano al mar. Ahora es invierno, todavía faltan 3 meses para la primavera y el runrún de Nueva York se ha activado antes de hora por culpa de mi amiga Clara, que está allí ahora mismo viviendo su pequeña gran historia neoyorkina. 

Sufro envidia sana, abro booking en mi pestaña de favoritos y miro apartamentos y hoteles para 3 personas en agosto. Nueva York. Carla, Camila y yo. A la vida poco más.

sábado, 18 de enero de 2025

La vida por suscripción

El otro día llegó a mi correo de forma aleatoria un artículo escrito por Mateo Sancho para la revista gq en 2016 titulado “¿Por qué estoy agotado si solo tengo 30 años?” Recuerdo que me encantó cuando lo leí en su día. Tenía 31 años, por aquel entonces vivía en Zaragoza y acababa de crear el estudio, por lo que en parte me sentía bastante identificado. Pero reconozco que me ha gustado todavía más ahora, que estoy en el precipicio de los 40 y que puedo decir que soy a la vez padre e hijo. Y este pequeño matiz es el que me ha hecho pensar en cómo he vivido observando y admirando a mis padres y en cómo ojalá mi hija pueda sentirse igual dentro de 40 años.

Resulta que vamos demasiado rápido, que estamos demasiado expuestos, que lo queremos todo para ya, que tenemos más FOMO que consciencia del presente y que además, para colmo, todo esto parece ir a peor. Pero esto ya lo sabíamos. Hace tiempo que no me asusta. Lo que me acojona de verdad es la forma en la que vamos a dejar nuestros recuerdos. Me explico. ¿Qué pasará cuando Google o Meta decida cerrar o modifique sus sistemas de almacenamiento en la nube dentro de 8 o 10 décadas? ¿Y cuando filmin o spotify desaparezca porque el fondo de inversión que la sostiene se vaya al garete? ¿Quién contará nuestras historias que hemos dejado en larguísimos audios de whatsapp, vídeos y reels de nuestros recuerdos en Instagram o millones de fotos en la suite de Google Drive? No lo tengo claro, porque quizás para cuando seamos viejos, la siguiente generación podrá escanear nuestra retina y hacer un backup de nuestras vidas encapsulándolo todo en un vídeo resumen de 1 minuto que se proyectará en nuestro funeral. 

Nuestras vidas están cada vez más sujetas a modelos de suscripción que nos ofrecen lo que buscamos durante un periodo determinado a cambio de dinero o de nuestros datos (que todavía tienen más valor). El día de mañana será muy complicado enseñar a nuestros hijos y nietos la colección de música que has ido haciendo a lo largo de tu vida, los libros con los que has crecido, las películas que te hicieron soñar y los álbumes de fotos que has ido completando desde tu infancia. Me imagino contándole a mi hija cómo conocí a su madre pero no poder enseñarle ninguna foto porque verás hija, resulta que Papá guardaba todo en el drive y de un día para otro perdió las contraseñas. También me imagino el día de su boda, dando un discurso que he ido escribiendo con los años pero que por caprichos del destino, la app me ha cancelado la cuenta por no renovar la suscripción. Me la imagino pidiéndome un año de Spotify o Netflix como regalo de los 18 o el nuevo iphone 30 el día de su graduación. Me imagino su futura casa de alquiler en el extrarradio que paga mensualmente por suscripción, compartiendo piso con 3 desconocidos que ha encontrado con otra app de suscripción, donde tiene instaladas pantallas digitales de pago que le recomiendan lo que tiene que comer, las horas que tiene que dormir acorde a su ritmo circadiano y con quién relacionarse según el algoritmo de una aplicación.

Cuando pienso en todo esto me entra un escalofrío, me refugio en mi cajón de las cosas analógicas y cargo de tinta la pluma de mi abuelo, pongo un carrete nuevo a la Olympus y hago sonar un vinilo como si eso fuese un pequeño paliativo para enfrentar el loco día a día del año 2025. Al cabo de un rato, cuando ya estoy de nuevo en la frecuencia adecuada, abro el ordenador y escribo en este pequeño espacio virtual de suscripción que algún día, cuando deje de ser rentable para alguien al otro lado del océano, echará el cierre para siempre y me pillará sin haber guardado todo el contenido en algún lugar de la nube. 

lunes, 23 de diciembre de 2024

Bienvenida al mundo

El día antes de que nacieras era domingo, el sol de invierno se colaba por las contraventanas del balcón y tu madre y yo bailábamos en el salón para ver si así te animabas a salir. Comimos macarrones a la boloñesa con una buena dosis de tabasco, abrí una botella de vino que me había regalado mi padre y nos dormimos en el sofá viendo la trilogía de El Padrino. 

La casa olía muchísimo a eucalipto por las ramas que habíamos colocado en el árbol de navidad, que este año gracias a ti brilla como nunca. Salimos a dar una vuelta por la tarde para comprobar si había luna llena y terminamos tomando unas cañas en una terraza de Enrique Granados (agua con gas para tu madre).

Te hiciste esperar 287 días. Ni más ni menos. Aunque a nosotros nos pareció una eternidad. A las 8.30 de la mañana de un lunes viniste al mundo para alegrarnos la vida. Ese día no sabes muy bien por qué pero lo entiendes todo y al mismo tiempo no entiendes nada. Te abrazas, lloras, sonríes y te prometes a ti mismo que todo irá bien. 

Desde el lunes tu madre y yo dormimos a tiempo parcial y te miramos a jornada completa. Cambiamos pañales, devoramos manuales de instrucciones y no dejamos de recibir visitas y ramos de flores. Uno de ellos en concreto, enviado por parte de mis primas, venía con unas líneas muy emotivas que he guardado en un cajón y algún día te enseñaré y me preguntarás por mi familia, que también es la tuya, y te responderé lo mismo que le dije a tu madre cuando leí emocionado la nota; “la vida, a veces duele y a veces es maravillosa.” 

Bienvenida al planeta Tierra Camila.



jueves, 7 de noviembre de 2024

El gazpacho de mi abuela

Una de las cosas que más echo de menos en mi vida gastronómica actual es la comida de mi abuela. No porque fuera especialmente sofisticada, sino porque estaba llena de verdad. Mi abuela es de Navarra, aunque como dice ella, nació por accidente en Barcelona. Ha visto crecer a 4 generaciones y ha dado de comer a tres. Se podía pasar días enteros en la cocina cuando se acercaba una fecha importante como la nochebuena o navidad, pero para mí, donde brillaba especialmente su cocina era en las distancias cortas, en el día a día. Siendo una familia bastante numerosa, teníamos que turnarnos los días de la semana para ir a comer a su casa. Unos primos íbamos los martes, algunas madres los miércoles, otros tíos los jueves y así hasta que por fin llegaba el domingo, que ya no recibía a nadie porque le tocaba arreglarse para ir a misa y al aperitivo familiar. 

Mi perdición absoluta siempre ha sido el gazpacho de la abuela. Ansiaba que llegara mayo para encontrarme cada martes (era el día que me tocaba ir a su casa) en la nevera ese gigantesco puchero lleno de gazpacho. Olía a ajo y vinagre desde la escalera de Leon XIII. Le pedí durante años la receta para enmarcarla y perpetuarla por los siglos de los siglos, pero ella siempre decía lo mismo, que cocinaba a ojo, sin cantidades ni tiempos. Con cariño y con verdad, como tiene que ser todo en la vida. 

Una vez entrabas en esa cocina con azulejos verdes y blancos y cogías una cuchara ya era muy difícil escaparse. Y sino que se lo pregunten a mi amigo griego Karolos, que cuando estuvo en Valencia de Erasmus vino a visitarme un fin de semana a Zaragoza y le llevé a probar el gazpacho de mi abuela. Como si fuera un ritual que no puedes saltarte en mi familia. Le gustó tanto que mi abuelo decidió prepararle un tupper con lo que sobró para que se lo tomara después del partido que fuimos a ver a la Romareda. Ahora vive en Nueva York, hablamos cada cierto tiempo y cuando fuimos a verle en 2018 a su casa en Brooklyn lo primero que me preguntó al llegar fue, ¿ya tienes la receta del gazpachito de la abuela?.

Lo cierto es que no. No la tengo y nunca la tendré. Pero cuando llega la primavera me sigue acompañando esa obsesión inconsciente por probar diferentes gazpachos para ver si por casualidad algún día encuentro uno similar. Y lo más divertido de todo es que mi amigo Karolos me confesó que durante años también hizo lo mismo. Ahora mismo tengo una receta que he ido mejorando desde la pandemia y que si los tomates están en su punto, el vinagre no está muy agrio y las cabezas de ajo no son demasiado grandes, puede tener un cierto parecido. Pero como creo que mi opinión está muy sesgada, tendré que esperar a que venga Karolos para confirmarlo. 

Feliz Jueves.



martes, 15 de octubre de 2024

Ellas

Difícil resumir en unas líneas toda una boda. Y más aún si es la boda de dos de tus mejores amigas. Y más todavía cuando las quieres y las aprecias y las admiras y... En fin, a ver si sale bien. Allá voy.

Resulta que era sábado 12 de Octubre. Un año aproximadamente esperando este día. Laura y Marta se casan y Carla y yo somos los maestros de ceremonia. ¿Quién dijo nervios? A mí esa mañana me temblaban hasta las pestañas. Y es que por mucho que lo escribas, por más que lo ensayes y por muy acostumbrado que estés a hablar en público, oficiar esta ceremonia tenía un valor añadido. Ellas. 

Marta y Laura. Laura y Marta. Las conocí siendo ya un ejército de dos. Valientes, unidas y con una cosa muy clara: el amor es jugársela. De principio a fin, con todas sus consecuencias. Apostándolo todo a una carta a sabiendas que no siempre se gana. Y es que en esto del amor no existen fórmulas ni algoritmos. El único secreto son las virtudes. Una vez leí que las cosas suceden cuando uno quiere hacerlas. Y precisamente hacer que las cosas pasen es una de sus grandes virtudes. 

Poc a poc, sin prisa pero sin pausa. Unas veces usando el seny y otras la rauxa. Dejando que el amor se abra camino siempre fieles a su estilo y su forma de querer. Entendiéndolo de la única manera que puede entenderse; desde el corazón. Porque el amor es latido, es piel. Es tocar el cielo un rato. Vivir en estado de gracia. Caminar sin pisar el suelo consiguiendo que el tiempo se detenga.

Juntarnos a todos ese día también es hacer que las cosas pasen. Porque todos los que estábamos ahí presentes habíamos formado parte de su historia en algún momento. Amigos, amigas, parejas y familias. En mi caso nos conocimos en una pizzería de Sant Cugat como ese chico de Zaragoza que estaba quedando con Carla, y el sábado, diez años después, estaba acompañándolas en ese día tan bonito como su amigo. Por el camino hemos reído mucho, hemos bailado, hemos sentido que el mundo nos pertenecía y hasta hemos compartido techo durante unos meses. Por eso me encantó estar ahí con ellas, dando fé de que la amistad, al igual que el amor, es un pacto sin condiciones, verdadero y desinteresado. 

Hace unas semanas, mientras arreglábamos el mundo con unas cervezas en Sant Cugat, entre fotos de viajes, recuerdos del pasado y propósitos para el futuro, terminamos haciendo un cuestionario entre los 4 donde hablábamos del amor, la amistad y de todos los valores que comparten entre ellas dos. Me encantó descubrir la admiración y el compromiso que sentían la una por la otra. Conocer lo que era un día perfecto en sus vidas y saber lo que más valoran de su relación. En mis notas del móvil lo bauticé como: quererse bien. Porque quererse es una cosa, pero quererse bien sólo se consigue con amor, práctica y ganas, muchas ganas. Pero de todas esas preguntas del cuestionario, la respuesta que más que me gustó fue la que contestaba a ¿qué le dirías a tu yo del pasado el día que os conocisteis? Me gustó tanto la respuesta que tuve que abrir de nuevo las notas del móvil y apuntarla. Dijeron: "Atrévete. Confía en ti. Todo irá bien."

Y ahí estábamos, diez años después, como si aquel 4 de octubre realmente se hubieran dado ese consejo. Porque la gran metáfora de la vida es que sólo se puede entender hacia atrás pero se vive hacia delante. Unos lo llaman karma, otros suerte y otros destino.

Precisamente el destino había querido que estuviéramos allí, en una ceremonia que no podía terminar sin los votos y una palabra que Carla y yo sentíamos que ese día las representaba a la perfección. Esa palabra era beso.Y es que el beso es una forma de diálogo, un roce de promesas y la bandera más bonita que puede tener la libertad. Besar es el verbo más sincero, el lenguaje más usado y el tesoro más buscado. Por eso no hay religión más verdadera que el amor entre dos personas que se quieren. Así que aquí, ahora y para siempre, la mejor forma de entenderlo es pedirles que se besen. 

Sed muy felices. Os quiero.





lunes, 26 de agosto de 2024

Notas del verano 2024

Este verano me he dedicado a observar todo lo que sucede cuando no sucede nada. Darle valor a las cosas por el mero hecho de que ocurran. Una sobremesa en familia, el manguerazo de agua fría, los helados a cualquier hora, una peli al aire libre, el tormentón de media tarde. Verano es poder pulsar el botón "posponer" y tener la sensación de que en cualquier momento son las 8 de la tarde. Es como tener siempre el día bueno, como si caminases y de fondo sonase el tonight tonight del anuncio de Estrella en bucle. A finales de agosto, si has hecho las cosas bien, deberías terminar con un par de kilos más. El pelo y las uñas crecen más rápido, las pulsaciones se desploman y lo extraordinario comienza a convertirse en cotidiano. En verano todo es mejor, todo me gusta más. Por eso este año he ido apuntando en mis notas del móvil esas pequeñas cosas que por algún motivo me han hecho vibrar un poco más de la cuenta. Aquí van algunas:

Sabor salado de los Ronaldos. Un tema que funciona a la perfección en cualquier momento del verano, lo he comprobado. Y también añado como bonus track La vida cañón de Alcalá Norte, que me conecta con los veraneos universitarios cuando vivíamos sin permiso en una fiesta continua.

El arroz con bogavante del És! Carxofa, en Púbol. La cocina existe cuando las cosas tienen el gusto de lo que son - Curnonsky

La película 8 montañas de Felix Van Groeningen. Un pellizco en el corazón para todos los que tenemos un escondite en la montaña y un buen amigo con quien compartirlo.

La ecografía de las 20 semanas de Camila y la mirada de Carla apretándome la mano cuando el médico dijo que todo estaba bien. 

La frase de un abuelo surfista cuando en la playa de Les Estagnots le escuché decir que a su edad ya sólo le interesaba el vértigo. Quizás haya algo de verdad en eso de que el riesgo nos mantiene jóvenes.

Feria de Ana Iris Simón. Porque seguramente la vida sea eso y poco más. Unas cuantas camisetas de crío secándose al sol y unos cuantos cubos de pintura llenos de tierra y geranios. 

La playa de la Gravière en marea baja, el olor a gofre de su paseo marítimo y el sabor del Atlántico cuando te pega un revolcón. Mi cita con Carla en Chez Pif, el lugar donde planificamos nuestra boda. Sus ostras, su pan con mantequilla y el rosé con vistas al lago.

Escuchar llorar a Antón, el hijo de mi amigo Dani que acaba de llegar al mundo y que sin duda es la banda sonora más bonita de este verano.

El reencuentro con mi prima Inés en un sueño tan real que no quería que terminase. Las cicatrices que más duelen son las que no se ven.

Reconciliarme con el mundo frente a la barra del bar Olimpic, en Barcelona, con unas cervezas de tubo, unas almendras fritas y dos de mis mejores amigos.

El sol, el viento y el mar de Altafulla, ese rinconcito del mediterráneo donde la tarde se alarga hasta que cae el sol por el castillo de Tamarit tiñiendo de naranja todos mis recuerdos de aquel 29 de julio de 2022.

El hotel rural Mas Generòs, sus desayunos de dos horas al aire libre y su tarta Lemon Curd que sabía a gloria bendita. 

Los 69 de mi padre en Biescas, su nueva afición por la magia y el reencuentro con amigos que no veía desde hace más de 10 años. 

Los despertadores que terminan convirtiéndose en puras intenciones, el helado de requesón con higos en la Rosita. Los gintonics sin remordimientos. Las charangas de pueblo. La mayonesa. Bate que bate. Y otro gintonic. Y mañana ya veremos.