miércoles, 12 de febrero de 2014

Algunos hombres buenos

Esta es la historia de un comentario fortuito en el muro de una amiga. También es la historia de David, un tipo al que la vida se le queda pequeña.  No suelo discutir sobre temas de moral ética con nadie con el que no tenga confianza o me haya tomado al menos dos copas, porque hay palabras y argumentos que me producen úlceras gástricas. Sin embargo David en apenas unas líneas me inspiró la confianza suficiente como para poder saltarme a la torera esta norma que me autoimpongo desde hace tiempo.

- Mi amiga cuelga:

“Quiero morir porque amo la vida”
José Luis, con cáncer terminal, luchó por una sedación que acabó con su vida la semana pasada

[...]A los tres meses, los chequeos demostraron que aquel tratamiento no funcionaba. Todavía probó otro. “Pero tuve todos los efectos adversos posibles”, dice. Ahí se desata su indignación. “Le dije a los médicos que lo dejáramos, que aquello no servía para nada. Pero ellos se empeñaron en que siguiera más, que era el protocolo. ¡Y qué cojones me importa a mí el protocolo, si me iba a morir! Eso es lo malo de los médicos. No tienen una visión holística, del conjunto de la persona. Saben mucho de lo suyo, pero estos médicos jóvenes, tan eficaces, ni te miran a la cara. No se atreven a decidir. La Ilustración no ha llegado a la medicina. Se agarran al juramento hipocrático, cuando ese señor murió hace miles de años, pero no han leído a Kant. O sí, pero no se han enterado. Y yo les digo como el filósofo: ¡Sapere aude!, ¡atrévete a saber! Que piensen con su cabeza”.
No quiere, sin embargo, cargar las tintas con los profesionales. “Las enfermeras han sido todas magníficas. Son la columna vertebral del sistema. Y conste que con los médicos me llevé muy bien. Siempre fueron claros. Se ve que sabían que trataban con alguien preparado para aceptar lo que fuera. El problema es del sistema, que no les permite pensar. Me voy degradando de tal manera que ya ni siquiera alcanzo a levantarme. No puedo llegar ni al pico de la mesa. Y las médicas de paliativos aún me dicen que tengo que luchar más, que todavía estoy bien de la cabeza. Pero lo que yo quiero es decidir, es un derecho. Uno tiene que decidir cuándo va a morirse porque es un derecho que vamos a ganar. Y hay que hacerlo con una sonrisa” […] 

- Veo que la gente le da chicha con sus comentarios, y tímidamente anoto:

- En esto aparece David, que permanecía a la sombra, y suelta un punch al aire:

- Yo, que tampoco sé quien es David, le contesto. Aunque la segunda parte, lo de las mentiras y tal no lo comprendí muy bien:
- David creo que se irrita un poco con el tema de nombrar a Dios en vano, y aprovecha para refrescar sus clases de catequésis de la pubertad:
- Me sorprende que no le funcione muy bien el corrector automático de ortografía, y le respondo:
- Pero David, que ha ido a los ajustes de Facebook para solucionar el terrorismo ortográfico, apuesta por la historia como un recurso útil, sobre todo para hablar de la Eutanasia:
- Ante tal comparación, me quedo sin palabras durante unos minutos, y me planteo hablar de fútbol. Pero me parece injusto aunque sea por los que estaban siguiendo esta estúpida discusión:
- Pero a David no le gusta un pelo que le den lecciones, y mucho menos clínicas. Por lo que decide zanjar la conversación con un argumento de peso y con sus mejores deseos:
- Gracias David, marcha con Dios: