Escribo este post para cuando vengan a buscarme los
recuerdos de mis últimos 5 años en el piso de Calle Mallorca con Enrique
Granados. Un lugar en el que caímos por casualidad y que hicimos nuestro desde
el primer día. Entre estas paredes he vivido lo mejor y lo peor de mi vida. Días
de mucha luz y noches de mucha oscuridad. Casi 60 meses que me dejan cicatrices
imborrables para el resto de mi vida. Decía Mauricio Wiesenthal que la juventud
es conquistar lo nuevo, la madurez alargar lo bueno y la vejez recordar todo lo
anterior. Hoy me siento un poco de todo. Bastante joven por la etapa que viene,
madurito por el tiempo que voy a disfrutarla y algo más viejo por los recuerdos
que acumulo. Aquí van algunos de ellos:
Los primeros destellos de libertad después de la pandemia,
cuando se terminó el toque de queda, se abrió el confinamiento perimetral y se
bajaron las mascarillas para confirmar que efectivamente, de cerca nadie es
normal.
Entre 2021 y 2022 viví la mejor época de mi empresa desde
que la fundé, operando como una agencia global pero desde un despachito local.
Siempre podré contar que tuve un cliente en Nueva York, aunque apenas durase 7
meses.
Durante un año comí con Cucho cada martes en mi casa. Aunque
solo fuera una hora y con un tupper precocinado, esa comida semanal nos servía
para confirmar que estábamos en el lado correcto de la vida.
Los viernes de teletrabajo cuando Goyete y Monri venían a
visitarnos. Abrir el fin de semana con vino y cerrarlo con gintonic, empezar la
noche en la azotea de un hotel y acabarla en un coche rumbo a la Costa Brava.
Saber que al menos hay un par de findes al año en los que brindamos pensando
“qué bien tienen que estar los que estén mejor que nosotros”.
El día en el que decidí que tenía que ser profesor y el día
que me dijeron que tenía la primera entrevista casi un año después. Me
contrataron como profesor de FOL 6 horas a la semana y sonaba “Beast of Burden”
de los Stones en mi playlist de vuelta a casa en el H10.
El año 2023. De principio a fin. El accidente, los
funerales, los viajes eternos a Zaragoza, las cajas de orfidales y el pánico
repentino a meterme en espacios cerrados. El año en el que el miedo empezó a
formar parte de nuestras vidas. Lo fuerte que me hice en el dolor y lo débil
que me he hecho en el placer.
La doble emboscada que me hicieron para mi despedida de
soltero y la experiencia cercana a la muerte que tuve cuando vi aterrizar a
Cucho y a Frodo en mi sofá mientras dormía plácidamente con el Roland Garrós
como ruido de fondo.
La tarde de octubre que fui a comprar el anillo de
compromiso para Carla y cómo volví a casa corriendo por Paseo de Gracia como si
llevase un arma de destrucción masiva en la bolsa.
Los meses con Laura y Parri como compañeras de piso cuando
volvimos de Tanzania. Las visitas de mis amigos, mi familia y toda la gente que
ha construido gran parte de nuestros recuerdos en esta casa.
El día que supimos que Carla estaba embarazada, los nueve
meses de ilusión compartida y la madrugada de aquel 15 de diciembre cuando
cerramos la puerta de casa sabiendo que volveríamos a abrirla siendo un miembro
más en la familia.
Feliz Martes
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